Petición

Por: Jesús Castañeda Bueno
fcq
Ingeniero Químico Ambiental
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Los amigos son joyas invaluables, y son éstos maravillosos seres los que se presentan para iluminar nuestro macabro sendero cuando la oscuridad nos acompaña, son los que se hacen partícipes del dolor emocional y lloran con nosotros. Fue precisamente un amigo quien me contó la siguiente historia.

Cada día, cada noche, cada momento, cada instante es igual cuando se está muerto en vida. Una tarde lluviosa, me encontraba sentado bebiendo una fría limonada que la servidumbre preparó. Estaba tranquilamente disfrutando de aquella bebida, cuando de pronto, empecé a contemplar la figura femenina que se encontraba frente a mí; una joven mujer que realizaba las labores de limpieza en mi morada. No pude resistir contemplarla celosamente por espacio de algunos minutos. Era una mujer hermosa; con una cabellera larga y oscura, piel blanca, ojos grandes y serenos. Enseguida, en un desplante de furor, tomé el vaso con la mano derecha, lo sujeté con basta agresividad y se lo arrojé a la cabeza. La joven dama sucumbió al instante, el vaso estalló al impactarse contra su frente, mientras que los restos del líquido escurrían por su cara. Me quedé sentado admirando el tétrico espectáculo.

A los pocos minutos me dirigí hacia el dulce cuerpo, y constaté que la había asesinado. No existe diferencia entre la más lujosa habitación y una austera y pequeña caja; como en la que me sentí inmerso. De pronto, todo a mi alrededor se encontraba en penumbra, el espacio se redujo a la mínima expresión, confeccionado de acuerdo a mis proporciones exactas por una asamblea espectral. Por los poros de mi recinto, el aire impuro se difundió, se hizo presente, recorrió todo mi cuerpo, dejó su marca escarlata en las débiles células de mi alma, llenó mis pulmones de un olor fétido, paulatinamente fui conducido a un trance.

Regresé, estaba de vuelta en casa; pronto una extraña sensación se apoderó de mi cerebro, percibí una serie de figuras melancólicamente sombrías que danzaba alrededor, burlándose de mí, quemando, quebrando mi espíritu. Eran tres figuras, similares en configuración física: tenían piernas y brazos de gran proporción, cabeza afilada con un par de ojos en forma de cruces, sus bocas parecían haber derramado espuma tras un ataque epiléptico, me pareció que sus labios fueron cosidos, ya que sangraron constantemente a través de unos diminutos orificios, de sus orejas que eran de un tamaño diminuto, no cesaron de brotar espinas, mismas que en ocasiones eran expulsadas con tal rapidez y brutalidad que se amontonaban en la piel de éstos seres.

Debido a dichas imágenes espectrales sentí miedo y temor de estar en mi propio hogar. No pude contener las descargas eléctricas que provocaron mis nervios trastornados, así que sólo pensé en salir definitivamente de aquella morada, corrí a través del pasillo, atravesé la sala hasta llegar a la puerta principal, todo este recorrido, a pesar de ser relativamente corto, me pareció eterno, como si el universo se hubiera quedado dormido, después, con la respiración agitada, giré la llave que se encontraba empotrada en la puerta y contemplé la luz del sol, la cual inactivó las enzimas de mi indecible horror. Después todo el ambiente resonó a tranquilidad, el viento; con una cierta humedad relativa reclamó su calma, tanto, que en numerosas ocasiones arrebató bruscamente el calor corporal que emanó de mi cuerpo, provocándome escalofríos.

Luego, entré de nuevo, lenta y sigilosamente, me desplacé por las orillas de la construcción para no despertar a las ventanas tristemente esparcidas. Una vez concluido el último paso para llegar al final del pasillo; posé mi mano izquierda sobre el borde de la pared, poco a poco acerqué mi cabeza hacia el borde de la misma, me asomé por completo al lugar donde asesiné a la tierna dama, pero se encontraba vacío, extrañamente fueron colocadas cuatro velas sobre la mesa redonda hecha de cristal, miré por todos los rincones, pero no encontré el cadáver de la mujer. Me tranquilicé un poco, respiré con una cierta fibra de calma, después me senté en el piso, incliné la cabeza, cerré mis ojos. De pronto, comencé a llorar, me arrastré por todo el suelo, oprimí mis puños y destrocé mi camisa, sólo busqué desabrochar mi piel para que todos mis recuerdos abrumantes de esfumaran, para que las nubes que se mostraron opresoras sobre mi ser fueran calcinadas con los rayos del sol. Me levanté una vez más, recorrí el pasillo, luego giré a la derecha para llegar a mi habitación, busqué el apagador y encendí la luz. Me hinqué en el suelo y comencé a golpear la cama, maldiciendo el momento en el cual aquel árbol oscuro de raíces muertas, que sólo produce enfermedad, posó su sombra eternamente en mi corazón. Llegó el momento en el cual mis ojos no contaron con lágrimas para tratar de saciar tal abominación. Sin algo que mis sentidos atendieran, transcurrió el tiempo hasta que se hizo de noche.

Me dispuse a dormir, levanté la cobija de color azul que cubrió mi cama, me recosté y extinguí la luz de la pequeña lámpara colocada a mi costado derecho.

A los pocos minutos, cuando traté de conciliar el sueño, escuché ruidos debajo de mi cama, los cuales me tomaron por sorpresa y alertaron mis sentidos ya que no dejé de percibirlos, pronto me pareció que aquellos sonidos se asemejaban a la respiración de una persona. ¡Cómo era posible si me encontraba solo! De inmediato encendí la luz, me senté en la cama y el sonido tenebroso desapareció por completo, me quedé en aquella posición por espacio de algunos minutos escuchando el tic-tac del reloj de cabecera, todo se encontró en absoluto silencio, así que decidí tratar de dormir.

Después, cuando me encontré cubierto hasta el cuello por la cobija, sentí curiosidad y abrí los ojos. Poco a poco activé mis retinas, cuando finalmente mis ojos gozaban de la vista, de pronto, contemplé una horrible imagen, se trataba de una terrible niña sentada en el suelo; con una espectral palidez, con su mirada fija y penetrante posada en mí.

Quedé atónito al experimentar tal visión, después, ésta presencia posó lentamente su mano sobre mi cama, por lo cual mi temor se elevó hasta proporciones meteóricas, al mismo tiempo que un horror anómalo recorrió cada vértebra, cada arteria de mi anatomía. Estrangulé con fuerza la almohada que tenía a mi lado para tratar de apaciguar el terrible fluido macabro que viajó por mi cuerpo. La representación infantil tenía uñas afiladas, pero cortas, de color opaco, sus ojos grandes y muertos; cuyas córneas parecían conformarse por arena, su cabello largo hasta el piso de color gris. Cerré mis ojos para no contemplar el espectáculo brutal que aturdió mis sentidos, pero no pude dormir; ya que escuché de nuevo ruidos, voces y demás perturbaciones de entidades que no estaban de acuerdo con mi alma, trataron de manipularme y usarme. Hasta que finalmente no pude resistir más y me incorporé completamente de mi lecho.

Me dirigí hacia un espejo y observé mi imagen, no me agradó en lo más mínimo, contemplé mi cabello negro desalineado, la barba sin afeitar por un tiempo considerable; por lo cual impacté mi puño contra éste; provocando que numerosas partículas cortaran mis manos, brazos y pies desnudos. Tomé un pedazo del mísero espejo, regresé al teatro de horror, donde asesiné a la joven, mi mente regresó en el tiempo y espacio, recordó tal acontecimiento, estrujé con fuerza el utensilio de horror y de inmediato mi mano empezó a sangrar.

Rasgué con el todas mis ropas, continué con mi cuerpo, me corté a mí mismo empezando por mi pecho, abriendo una serie de heridas buscando abrir mi alma, luego seguí con mis brazos, rasgando cada célula de mi piel, después corté mis piernas hasta llegar a mis pies. Mi sangre llegó al suelo, haciendo un dulce lecho de muerte.

Por último desfiguré mi cara; perdí mis labios y corté mi lengua, en el último instante perdí la vista. Extrañamente me pareció que todo el sufrimiento que mi cuerpo experimentó aumentó la entropía del universo, ya que sólo era un pagaré en blanco.

Caí desvanecido mientras continuaba desangrándome, esperando el descanso eterno, puse mi mente en blanco para tratar de olvidar mi atrocidad, pero principalmente para tratar de olvidar que fui una persona a la que Jesús nunca enseñó.




Compártelo:Compártelo en FacebookCompártelo en Twitter

Autores por orden alfabético
A B C CH D E F G H I
J K L LL M N O P Q R
S T U V W X Y Z
Autores por Unidad Académica
 

Acerca de Exprésate | Bases para envío de aportaciones | Contacto

Universidad Autónoma de Chihuahua

Dirección de Extensión y Difusión - Coord. Gral. de Tecnologías de Información