La moneda de plata

Por: José Alejandro García Hernández
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Letras Españolas
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Diego Huerta es un policía fornido y de edad mediana que vive solitariamente en su casa en la ciudad de Chihuahua. No tiene nada más en su vida, solamente una moneda de plata que registra su año de nacimiento. Éste fue el regalo más grande de su padre, aunque dicho presente le trajo algunos infortunios.
Son las once de la mañana y Diego se encuentra pensando en su triste pasado, su desgracia le confirma que debe dejar de existir, agarra la pistola del cajón y comienza a apretar el gatillo, una llamada evita el suceso. Al otro lado de la bocina se escucha la voz de su compañero José
— Oye, nos hablaron desde la comandancia, tenemos que estar allá enseguida.
— Muy bien.
— Llego a tu casa en unos minutos.
— ¿No pueden ser segundos?
— Yo no estrellé mi patrulla en el último caso.
— Pero se resolvió ¿no?
— ¡Ya! Ahí te caigo.
El oficial Huerta terminó la llamada y observando su celular recuerda con gracia las estúpidas frases que dicen las chicas fresas de la ciudad, los celulares salvan vidas. Diego examinó de una forma literal esas palabras, en ese momento le evitó la muerte el mentado aparato. Recogió sus pertenencias: el revólver en el lado izquierdo del cinturón, su cartera en un bolsillo trasero, sus llaves en el izquierdo, la moneda de plata en el derecho. Al colocar su celular en la funda, se percató que ésta no tenía el gancho con el cual se sostiene en el cinturón, no se entretuvo en buscarlo porque su compañero “el gacela” ya estaba pitando frente a su puerta, así que lo guardó en el segundo bolsillo trasero.
Cuando Diego entró en el auto, le preguntó a José sobre el caso
— ¿Ahora que pasó?
— Otra de narcos. Ahora debemos ir al periférico, esa es una persecución de película.
— No da más esta ciudad.
— Y eso no es todo, en la mañana ejecutaron a uno en la carretera.
— ¿O sea que es una guerra de narcos?
— Eso parece, y luego lo peor, los sicarios vestían uniformes de la AFI, o sea que ya no se puede confiar en nadie con poder.
Diego verificó sus pertenencias, cuando agarró la moneda José le preguntó.
— ¿Esa es la moneda que generó tu divorcio?
— ¿Cómo que el divorcio?
— En la comandancia dicen que tu esposa embarazada te dejó porque solamente atiendes a esa moneda.
— No, claro que no. Lo que en realidad pasó fue que…
— ¿Qué, que pasa?
— Hace dieciocho años me extorsionaron unos terroristas ¿recuerdas que estaba en negociaciones terroristas?
— Sí, claro que sí.
— Bueno, me dijeron que si no liberaba a unos tipos mataban a mi hijo, entonces cooperé un poco con ellos, pero al descubrir una falla en su plan traté de darles una voltereta.
— ¿Y qué pasó?
— En el momento más crítico uno de los sicarios tenía a mi hijo a punta de pistola, y yo a uno de ellos, entonces nos pusimos de acuerdo. En el intercambio todo iba bien, pero se me cayó la moneda del bolsillo de la camisa, y al agacharme por ella el sicario lo tomó como amenaza y mató a mi hijo.
— ¿Y por qué la recogiste en ese momento?
— No sé, sentimientos.
— Los cuales te hicieron perder un hijo y un caso.
— Lo sé, pero no perderé otro.
— ¿Hijo o caso?
— Ya lo sabes. Oye, ahí está la persecución.
— ¡Vamos!
En ese momento unas camionetas de tipo Suburban lideraban una persecución seguidas de una docena de patrullas. Los conductores se disparaban de una camioneta a otra, después doblaron hacia una calle más pequeña.
Finalmente la primera camioneta se estrelló con un poste de luz, lo que generó que los sicarios de la segunda salieran con intenciones de aniquilar a los otros. Pero se generó una balacera diferente, Diego y sus compañeros les dispararon a los criminales provocando la muerte de éstos y las heridas de oficiales.
Diego se dirigió a la primera camioneta a revisar la evidencia, cuando abrió la puerta del asiento trasero visualizó a una joven rubia y demasiado delgada que estaba acostada en el asiento.
— ¡Está respirando! -le comentó Diego a "el gacela".
— ¿Estas seguro?
— Sí, prepara la patrulla, creo que esto no ha acabado y se volverá más peligroso -diciendo esto, miró con desconfianza a unos agentes de la AFI, levantó a la chica y se dirigió al auto que José había prendido.
Al colocar a la jovencita en el asiento trasero se percató de un oficial de la AFI que se acercaba a la patrulla, entonces Diego le indicó a su compañero:
— Mantente alerta.
— ¿Por qué?
— Saca tu pistola –y después le señaló con los ojos al oficial que ya había llegado al auto.
El agente le preguntó a Diego sobre la joven, a lo que el oficial Huerta le contestó:
— La llevaremos a la comandancia para hacerle unas preguntas.
— ¿Me puede mostrar su placa? Oficial…
— Huerta, oficial Huerta, ahora se la enseño –al decir esto, Diego vio cómo el agente comenzaba a sacar un revólver para ejecutar a los presentes en el auto, pero no cumplió su movimiento porque Diego le dio un rodillazo en la entrepierna y “el gacela” le dibujó un balazo en la nuca. Acto seguido, los oficiales huyeron de la escena a toda velocidad.
En el periférico, los compañeros comenzaron a conversar sobre su suerte:
— ¿Cómo sabías que nos iba a aniquilar? –preguntó "el gacela".
— No sé, pero esos agentes me dieron muy mala espina.
— No manches, ahora estaríamos muertos.
En ese momento la joven comenzó a conversar con los agentes:
— Gracias por sacarme de ahí.
— De nada, pero si no es mucha molestia, ¿qué demonios hacías en esa camioneta? –preguntó Diego
— Mi padre me sacó con urgencia de la casa, pero no me dijo por qué, y después nos persiguieron esos tipos.
— ¿Tu padre tiene mucho dinero? –preguntó José.
— ¿Cómo puedes preguntar eso? –lo regañó Diego.
— Pura curiosidad –contestó “el gacela”.
— No hay problema –dijo la joven.
— ¿En que trabaja tu papá? –preguntó Diego.
— No sé, nunca nos habla sobre su trabajo, pero una vez se molestó conmigo, porque contesté una llamada de unos colombianos.
— Lo siento hija, pero tu padre es un narcotraficante –comentó satíricamente “el gacela”.
— ¿Y cómo te llamas? –preguntó Diego al momento de darle un codazo a José.
— Helena –respondió finalmente la chica.
En ese momento salieron al periférico las camionetas negras utilizadas por los agentes de la AFI, pero ahora comenzaron a disparar a la patrulla de “el gacela”.
— ¡Mi patrulla! –comentó molesto José.
— Creo que no estaremos solos por el momento –afirmó Diego.
— ¿Qué hacemos ahora? –preguntó aterrada Helena.
— Piérdelos en la avenida de las industrias, luego nos dejas en mi casa, y después llévate lejos a la patrulla para que podamos organizar otro plan –le ordenó Diego a José en una lluvia de balazos que no afectaron a los pasajeros.
“El gacela” manejó a toda marcha hacia la casa de Diego, no sin antes violar unas leyes de tránsito y dar un buen susto a los peatones, pero logró cumplir el plan de Diego.
Finalmente llegaron a la casa de Diego, entonces “el gacela” le comunicó a su compañero:
— Muy bien, entonces yo me voy a la oficina para utilizar el satélite de la ciudad y apoyarte por el celular.
— Excelente, entonces nos avisas si algo extraño sucede.
Diego y Helena entraron a la casa donde se resguardaron desde el medio día.
La casa tenía un aspecto humilde pero con las características cómodas de una vivienda con un solo nivel, una pequeña sala en la entrada con ventana hacia la calle, una cocina muy compacta, dos habitaciones y el baño. En un mueble de la pared estaba un pequeño televisor con su reproductor de películas y su aparato de videojuegos.
— Está poco desordenado, pero es cómodo –le dijo Diego a Helena ofreciéndole asiento en los sillones.
— No te preocupes, lo bueno es que tu oficina no huele a coca por ningún lado.
— Porque no tengo oficina. ¿Quieres decir qué la oficina de tu padre estaba muy fumada?
— En realidad, ese no era mi padre.
— ¿Cómo?
— Sí, cuando mi verdadero padre la abandonó, mi madre se casó con él, pero nunca pensó que tuviera un negocio de ese tipo.
— ¿Y cómo permitiste eso?
— No pude, por que cuando eso sucedió mi madre estaba embarazada.
— No manches, que viejo tan cobarde –cambiando de tema- ¿Te gustaría jugar Nintendo?
— ¿Tú juegas Nintendo?
— Sí. Desde que estuve solo este aparato me mantuvo con vida. Entonces ¿Si quieres jugar?
— Pues sí.
Diego y Helena iniciaron una partida de juegos de video durante la tarde.
En ese momento “el gacela” se encontraba en una persecución más intensa que la sucedida en la mañana, mientras tanto alertó a sus compañeros de la policía municipal para atrapar a los sicarios que lo perseguían.
Eran las ocho de la noche y finalmente veinte patrullas junto con el helicóptero de la ciudad lograron atrapar a los criminales conductores de la camioneta, a excepción de un par que logró escapar robando un auto Grand Marquis modelo mil novecientos setenta y siete.
José se dirigió a su casa y prendió la computadora para utilizar el satélite que vigila la ciudad. Después le dirigió una llamada por celular a Diego.
— Oye, lograron atrapar a la mayoría de los sicarios –afirmó “el gacela”.
— Si ya lo vi en las noticias locales. ¿La mayoría? O sea que faltan otros.
— Sí, dos tipos lograron escapar, te recomiendo que no bajes la guardia. Todavía sigo buscando a los sicarios por el satélite.
— Muy bien, estaré alerta.
Diego se recostó en su cama para meditar un poco lo sucedido en el día, después sacó su moneda de plata, la admiró más que en ocasiones pasadas. En ese momento llegó Helena con una toalla y comenzó a preguntarle:
— ¿Por casualidad tienes ropa femenina?
— No, el hecho de vivir solo no significa que… -recordando y tronando los dedos- a sí, tengo un vestido.
— ¿Tú?
— No es mío, era de mi esposa, no se por qué lo guardé pero espero que te quede.
— Gracias.
Helena se puso el vestido negro el cual le quedó perfecto. Después Diego se volvió a recostar en su cama para admirar su moneda nuevamente, a lo cual Helena le comenzó a preguntar:
— ¿Para qué traes esa moneda?
— Porque es el único recuerdo de mi padre, aunque he perdido más cosas con ella.
— Me tienes a mí –le comentó recostándose en la cama y abrazándolo a lo cual Diego la apartó.
— No hagas eso, ya estoy muy viejo, yo podría ser tu padre, inclusive tu abuelo, ya tengo cincuenta y tres años y tú… ¿Cuántos años tienes?
— Dieciocho. ¿Qué ya no me vas a querer por eso?
— No es eso, solo que yo tenía treinta y cinco años cuando naciste. A decir verdad yo perdí un hijo a esa edad, y una esposa.
— ¿Cómo los perdiste?
— A mi hijo lo mataron unos terroristas, y después le dije a mi esposa que mi trabajo era muy arriesgado para nuestra familia y ambos acordamos en separarnos y dejar que su hijo naciera fuera de peligro. Todo por ésta maldita moneda, si no la hubiera recogido en ese momento mi hijo estaría vivo.
Diego comenzó a llorar y Helena se acostó a su lado, después Diego se levantó y la cubrió con la sábana. Finalmente se dirigió a la sala para dormir en los sillones.
Pasaron las horas y Diego se levantó para ir por un vaso con agua a la cocina. Después de tomar agua vibró su celular en el sillón, Diego se dirigió al baño para contestar con voz baja.
— ¿Qué pasó? –preguntó Diego.
— Mi computadora ya no responde y perdí el rastro de los dos sicarios que lograron escapar.
— Maldición. Yo digo que esto fue preparado.
— No se cómo sucedió pero te aconsejo que estés preparado por si notas algo extraño.
Diego analizó ésta situación. El reloj marcaba las diez y media de la noche y a Diego se le ocurrió una extraña idea. El pantalón de Helena traía un pequeño celular en uno de los bolsillos, no se notaba la silueta de éste. Entonces Diego lo agarró y lo guardó en su bolsillo trasero.
Diego se sentó en el sillón individual de la sala llevando en las manos su celular y el revólver, comenzó a marcar silenciosamente el número de “el gacela” pero un sonido que provenía del exterior de su casa lo distrajo. Diego supuso lo que podía pasar, se agachó detrás del sillón grande para mantener una buena posición de defensa.
La puerta principal comenzó a vibrar y finalmente un balazo y una patada la derrumbaron.
De la puerta comenzaron a entrar varios sicarios armados. Diego inició el balazo que acabó en la frente del primero en cruzar la puerta, después de esto los individuos comenzaron a disparar hacia todas las direcciones, pero ninguna logró impactar en el oficial Huerta. Diego cuidó sus municiones para evitar más problemas. Finalmente uno de los sicarios prendió la luz de la sala y pudieron vislumbrar a Diego, pero éste les disparó y la bala pegó en el cuello de otro criminal. Después los individuos iniciaron otra balacera en la cual Diego acabó con la vida de dos matones más, pero la fortuna no se inclinó del lado del oficial Huerta puesto que sus balas se habían agotado. Un tercer sicario apuntó su revólver hacia la cabeza de Diego, pero no logró disparar porque Diego le dio un cabezazo en la entrepierna, después le quitó su arma, y finalmente le voló la cabeza. Al final quedaron dos sicarios y Diego, los tres con sus pistolas en mano. Diego utilizó sus últimas dos balas para desarmar a los criminales e iniciar una conversación.
— ¿Qué quieren y que hacen aquí? –preguntó furioso Diego.
— No te metas en nuestros asuntos, venimos por la muchacha –respondió el primero.
— No dejaré que se la lleven –contestó Diego.
En ese momento Helena se asomó por la puerta de la habitación y el segundo sicario aprovechó para amenazarla con una navaja.
— Tira tu arma o la chica muere –ordenó el criminal.
Diego accedió consciente sobre la falta de municiones en el revólver, después de esto el malhechor lanzó la navaja que impactó en el hombro izquierdo del oficial Huerta. El otro sicario agarró el arma y apretó el gatillo vanamente. Diego aprovechando su suerte sacó la navaja de su hombro y lo clavó en el pie derecho del criminal, rompiéndola con un giro.
Finalmente el segundo sicario golpeó la cabeza de Diego provocándole el desmayo. Después los sicarios comenzaron a hablar:
— ¿Lo dejamos aquí? –preguntó el primero.
— No sé, nuestras municiones se acabaron, y no hay gas en la casa para incendiarla.
— ¿Entonces que hacemos?
— Hay que abandonarlo en la cajuela del auto para que se muera asfixiado, mientras llevamos a esta belleza con el jefe.
— ¿Y en dónde dejamos el auto?
— Allá en los montes de la ciudad, pero primero le quitamos todos los artefactos electrónicos.
— Si, que se muera asfixiado éste maldito, que sufra.
Los dos sicarios amarraron a Helena y comenzaron a revisar al oficial Huerta, solamente encontraron la moneda de plata y las llaves de los bolsillos laterales, después lo amarraron.
Los malhechores subieron a Helena en el asiento trasero del auto y echaron a Diego en la cajuela. En ese interior no se podía ver ni escuchar nada. El oficial Huerta con sangre en el hombro decidió rendirse, los baches del camino le provocaban golpes en la cabeza y las vueltas le generaban otros por todos lados. Después de un largo tiempo por la autopista el auto comenzó a vibrar demasiado, se sentía como si fuera entrando en caminos con demasiada tierra y matorrales en un terreno inclinado. Finalmente el auto se detuvo y se sintió el descenso de los sicarios y una distorsión en sus voces.
Había llegado su fin, no tenía más esperanzas, pensando en sus infortunios comenzó a cerrar los ojos. Imágenes volaban por su cabeza, todas las visiones las tenía en la oscuridad absoluta. Pero un pensamiento le alborotó el corazón, imaginó el delgado rostro de Helena, pudo recordar la última conversación que mantuvo con ella, la mirada triste de Helena le recordó a su esposa, después vio la sonrisa de su pequeño hijo antes de perder su caso lo cual le provocó un sentimiento y comenzó a platicar con él mismo dentro de la cajuela:
— ¡Vamos Diego! No puedes morir ahora, ésa maldita moneda no te hizo perder todo, ahora entiendo, tu hijo murió en tu propio caso, pero no volveré a perder otro aunque eso signifique mi muerte, el caso de Helena no se perderá, Helena no va a morir hoy, no ha pasado demasiado tiempo, aún puedes salvarla.
Diego sintió un pequeño objeto en su glúteo derecho, recordó cuando colocó el diminuto celular de Helena en su bolsillo, -¿Cómo lo pude olvidar? –se dijo, y con unos brincos logró sacarlo de ahí. Con la boca trató de abrir la pantalla para dar luz a la cajuela y poder quitarse las amarras de sus manos. Volvió a decir la frase que expresó en la mañana “los celulares salvan vidas” y después se puso a pensar la forma para salir de la cajuela.
Diego se colocó de rodillas y comenzó a golpear varias veces con su dorso la puerta de la cajuela, aplicó la mayor fuerza en los hombros aunque la puerta no abría, solamente una emoción enorme logró motivarlo para destruirla, su emoción era el hermoso rostro de Helena. Finalmente salió del auto y respiró el aire libre.
Con una respiración pesada se dispuso a reconocer el lugar en donde se encontraba, sabía que estaba en la ciudad, solo que en una orilla en donde la zona estuviera llena de montes y matorrales, la única luz cercana era la de las industrias automotrices y las casas exageradamente grandes de ese lugar. Solo pensaba un plan para acabar con los criminales que habían raptado a Helena, pero no tenía armas para enfrentarlos. Diego notó que la defensa trasera del auto estaba un poco suelta y comenzó a levantarla. La defensa de fierro seguía adherida al auto, pero la fuerza de Diego en ese momento no tenía medida, puso todo su coraje para levantarla y finalmente la desprendió del auto.
Con la luz de las industrias se lograba ver una silueta que venía hacia Diego. El oficial Huerta se percató de la figura un vagabundo y con la defensa en las manos le preguntó:
— ¿Usted estaba aquí hace un momento?
— Sí señor.
— ¿Logró ver a dos señores con una señorita saliendo del auto?
— Sí los vi.
— ¿Y no sabe para donde se fueron?
— Sí, ellos se fueron hacia las casotas de allá.
Entonces Diego ideó plan para llegar a la casa de los sicarios y matarlos en el rescate de Helena.
— ¿Le hace falta dinero?
— Pues mi bonita cara le dirá.
— Mire, si me ayuda un poco podrá recibir mucho dinero.
— ¿A quien tengo que matar?
— No se preocupe, eso lo haré yo.
— ¿Y para qué trae esa defensa?
— No se preocupe, soy policía y estoy en un caso oficial, así qué sígame.
Diego se hizo camino por los montes y le preguntó al vagabundo su ubicación y éste le dijo que estaban en la zona llamada montes americanos. Después de un pequeño momento de saltar matorrales Diego y su compañero entraron en una calle privada. Finalmente recargó la defensa en un poste de luz y comenzó a marcarle a "el gacela":
— Oye soy Diego, necesito muchos refuerzos.
— ¿De dónde me hablas? ¿De quién es ese celular? ¿Qué pasó?
— Calma, tuve un pequeño… no, un gran contratiempo y necesito todo el personal disponible en las calles montes americanos y monte Huascarán enseguida.
— Muy bien, ¿seguro qué estás bien?
— Sí, oye, si acabamos con esto terminaremos con los sicarios protagonistas de lo sucedido en la mañana.
Colgó el celular y comenzó a buscar una casa con forma de hogar de narcos. No tardó mucho en encontrarla puesto que en una había seis camionetas Suburban. Después Diego le comentó el siguiente plan al vagabundo:
— Entra en esa casa y pide un poco de coca.
— Oiga ¿Eso no es ilegal?
— Por ahora no.
— ¿Y qué me pasará?
— No te preocupes, esta defensa cumplirá su propósito.
Mientras tanto, en el interior de la casa de los secuestradores comenzaron a negociar con la madre de Helena. El primer individuo en el teléfono comenzó a persuadirla de la siguiente manera:
— Mire señora Rodríguez, si su hija es tan valiosa entonces suelte el producto robado por su esposo.
— Yo no sé en donde lo guarda.
— Su esposo ya está muerto, entonces si no quiere cooperar su hija morirá también.
— Es que no me entiende, mi primer hijo murió así.
— No me haga llorar, así es este negocio, y todo el mundo sale ganando o perdiendo.
Se escuchó el timbre y los sicarios comenzaron a apuntar sus pistolas y rifles hacia la puerta principal. Todos evitaron una balacera al momento de ver al vagabundo. El tipo que abrió la puerta traía un rifle de asalto y salió a indagar las intenciones del vagabundo. La puerta se cerró y no se logró escuchar el golpe que provocó la muerte del sicario al momento de estrellársele la defensa utilizada por Diego.
El oficial Huerta cuestionó al vagabundo sobre lo que vio dentro de la casa:
— ¿Qué alcanzaste a ver?
— Siete tipos estaban en la sala, al fondo la chica amarrada en una silla y otro tipo estaba al teléfono.
— Ahora lo que vas a hacer es bajar el interruptor de energía de la casa.
— ¿Ya?
— Sí, ahora.
El vagabundo hizo lo que le ordenó Diego este inició su venganza. Al apagar la luz de la casa, el oficial Huerta entró rápido para evitar los balazos, con la defensa del auto en la mano derecha y la metralleta en la izquierda comenzó a eliminar a todos los sicarios. Era demasiada la furia de Diego que no podía razonar la acción presente, con la defensa desnucó a los siete tipos de la sala. Finalmente le dio una señal al vagabundo de encender la luz nuevamente.
El jefe de los presentes trató de negociar con Diego, pero no dijo nada porque ya tenía el rostro desfigurado por los disparos de Diego. Ya en el suelo cayó la moneda que el sicario tenía en el bolsillo de su camisa.
Diego desamarró a Helena y se dirigieron hacia la puerta de la cocina porque los demás sicarios estaban bajando las escaleras situadas en la entrada de la casa. Al momento de escapar Diego se detuvo un momento para recoger su moneda, aunque unos disparos silbaron junto a él, ninguno logró dar en los fugitivos.
Salieron hacia la calle por la puerta del patio y llevándose al vagabundo corrieron por la colonia privada del fraccionamiento cumbres. Doblaron por unas esquinas de la zona seguidos de una lluvia de balazos. Los sicarios disparaban con sus metralletas y pistolas hacia todas las direcciones, pero ninguna bala llegó a su objetivo. Finalmente se resguardaron detrás de una barda y Diego sacó la metralleta para acabar con algunos criminales. Cuando se le acabaron las municiones los amenazó uno de los sicarios con su pistola manual, pero Helena le dio una patada en la entrepierna y Diego lo desarmó. Finalmente aprovechó para sacar la cartera del muerto y darle una faja de billetes al vagabundo.
— Son como diez mil pesos, puedes retirarte si quieres –le dijo al vagabundo.
— Gracias compa, pero si quieres te ayudo hasta el final.
— Ya sé, puedes huir hacia aquella dirección mientras Helena y yo nos perdemos por el parque de allá. Agarra ésta metralleta y distráelos.
— Sale pues.
Diego y Helena corrieron hacia el parque mientras el vagabundo simulaba una defensa, pero no tardó en recapacitar la falta de municiones en el arma, por ésta razón Diego comenzó a dispararles a los sicarios. Como no había demasiada iluminación Diego tuvo una pequeña ventaja, pero recordó que las pistolas manuales solo pueden descargar siete balas, por eso reservó una última para un escape exitoso.
En la entrada del fraccionamiento Diego le recomendó a Helena que saliera lo más pronto posible. Helena intentó darle un beso a Diego quien terminó aceptando. Primero la abrazó y luego la besó, después Diego comenzó a caer por un balazo que recibió en el costado derecho. El sicario decidido a terminar con la vida de Diego apuntó su revólver hacia el rostro del oficial, pero también cayó al suelo herido por un disparo que “el gacela” le dio en la nuca.
Más de veinte patrullas llegaron a la escena y los oficiales comenzaron a eliminar a los sicarios. El helicóptero dio la iluminación perfecta para acabar con todos los criminales, y la lucha con balazos por todos los lados y direcciones terminó con la derrota de los sicarios.
Diego respiraba con dificultad en el suelo y Helena hincada lo abrazaba fuerte y llorando le dijo:
— No te mueras, yo te amo.
— Ya no hay por qué preocuparse.
— Ganaste el caso –le comentó José a Diego.
— No, gané algo más –le contestó.
Intentó agarrar su moneda de plata, mas no la localizó en su bolsillo. Arrastrándose comenzó a buscarla por el suelo y cuando finalmente la encontró se la dio a Helena y le dijo:
— Toma, te doy esta moneda para que nunca me olvides.
— La acepto para recordarte por siempre.
Después Diego dijo algo que Helena no logró comprender:
— No perdí otro –y expiró.
— ¿Qué quiso decir? –preguntó Helena llorando.
— Se refería a que ya no perdió otro caso. Vamos te llevaré a tu casa.
"El gacela" condujo a Helena hacia su casa.
Cuando entró, la madre de Helena lloró al abrazar a su hija. José le dijo a la señora:
— Está a salvo, Fabiola, está a salvo.
— Gracias Pepe, muchas gracias –le contestó Fabiola.
— No me agradezcas a mí, agradécele al oficial que dio su vida por tu hija.
Después se retiró José.
Fabiola se veía muy interesada al momento de preguntarle a su hija por el vestido, a lo cual le contestó con la verdad. Después Helena prendió el televisor de la cocina y comenzó a ver el noticiero.
Fabiola y su hija vieron con tristeza pero con alivio la noticia del día. En el reportaje entrevistaron al vagabundo el cual comentó el último hecho de la noche y les habló de la moneda de plata que Diego le entregó a Helena. Cuando terminaron el reportaje, la conductora mencionó los datos del heroico policía fallecido: Diego Armando Huerta Martínez, hombre de cincuenta y tres años, divorciado a los treinta y cinco años, incorporado a la policía a la misma edad, y hoy es el hombre que dio su vida para salvar a una joven de dieciocho años de un enfrentamiento entre cárteles.
Cuando mencionaron los datos del oficial Huerta, Fabiola le pidió la moneda de plata a Helena. Cuando se la dio, Fabiola subió a su habitación. Buscó por un momento en el clóset y sacó de él un pequeño cofre de madera. Lo abrió con una llave y comenzó a sacar unas fotografías demasiado viejas. En ellas se observaban a Fabiola con un vestido de novia cargada por Diego. Fabiola la volteó y leyó la siguiente inscripción “Siempre te amaré”. Después dijo llorando –Yo también Diego, yo también.



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