Los juguetes

Por: Martha Estela Torres Torres
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Letras Españolas
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

A media noche, cuando suena el reloj de la iglesia, me parece ver a contraluz cómo empiezan a descender algunos espíritus de la cúpula mayor del templo y creo que me estoy volviendo loca, porque escucho voces en el interior de las paredes e incluso he visto esas mismas figuras en la terraza; son seres ligeros, constituidos por humo y viento que desde lejos parece que me buscan y me llaman desde las alturas, tal vez para hacerme testigo de su existencia o cómplice de algún secreto.

Hace varios meses que los siento más cerca y estoy segura que desean comunicarme algo que les roe el alma, porque avientan piedritas al cristal de mi ventana desde que empieza a oscurecer y rondan y rondan hasta que amanece, y se van, cansados de tanto vagar y rendidos por la luz del sol. Así se han mantenido con esa misma conducta durante semanas hasta que se han aproximados cada vez más. Finalmente han entrado a la casa. En la oscuridad, cuando el silencio apresa todas las cosas y el frío se hace más intenso empiezan a jalarme las cobijas y a destaparme los pies. “¡Son ellos!” Al principio les tenía mucho miedo ni siquiera lograba moverme cuando intuía que entraban a mi recámara cerrada a propósito con llave o cuando escuchaba un aletear de murciélagos y percibía la humedad de un viento frío entre mis ropas, ¿eran de sangre fría?, no sé y ya ni me interesa, pues me he ido acostumbrando a su presencia, ahora habito y convivo con ellos como si fueran mis huéspedes.

Cada vez estoy más segura de que desean seguir aquí, creo que han llegado para quedarse, porque cuando me hacen enojar y esconden mis cosas, los regaño a gritos y ahuyento sus esqueletos de humo, pero aún así no han querido marcharse, permanecen en mi casa como si fueran los propietarios; van y vienen, suben y bajan por doquier. A veces estoy tan cansada que no les hago caso, escondo la cabeza bajo la almohada y los dejo saltar, cantar y bailar; bueno eso imagino que hacen, porque siempre escucho melodías y risas lejanas en lo más profundo del sueño. Sin embargo, cada día me estoy encariñado más con estos pequeños intrusos que revuelven y tiran los juguetes que guardo con tanta devoción y cariño.

Hace tiempo mis vecinas me sugirieron ver a un sacerdote para que espantara, según ellas, las fuerzas negativas de la casa. Vino el padre Prudencio y nomás movía y movía la cabeza de un lado a otro repitiendo la misma letanía: “descansen en paz, descansen en paz, descansen en paz”, al esparcir agua bendita por toda las habitaciones, pero al entrar a mis aposentos empezó a rezar con mayor fervor, pues dijo que era el lugar preferido por las ánimas “Aquí están” me dijo, y que por eso escucho ruidos y movimientos tan cerca, pero yo pienso que los que habitan aquí son almas buenas que no llegaron a su destino o tienen alguna deuda que ahora se dedican a cumplir. Es cierto que desde el principio empecé a sospechar su identidad, pues me interesaba saber algo más sobre ellos que ahora ya conocen mis hábitos, saben de mis temores y esperanzas, y me han visto llorar y reír muchas veces cuando recuerdo las travesuras y las ocurrencias de mis hijos que ya no están conmigo desde aquel terrible día cuando se extraviaron en el campamento infantil de invierno.



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