Alterado

Por: José Alejandro García Hernández
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Letras Españolas
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Un sonido estrepitoso levantó bruscamente a Mario de su cama a las cinco veinticinco de la mañana. Alterado comienza a buscar sus llaves, cartera, reloj, pastillas, gotas para los ojos, celular, lentes, portafolios, agenda, entre otros cachivaches comunes de cualquier trabajador de clase media. Tanta fue su ocupación, que se le olvidó que aún no se había vestido propiamente para el trabajo, es más, todavía traía la ropa del día anterior, y apagando la alarma comenzó a vestirse formalmente.
Margarita, su esposa, escuchó el relajo que armaba su esposo como de costumbre, y adormilada comenzó a instarle:
— ¿Por qué tienes que hacer tanto ruido?
— No tengo tiempo para contestarte eso. –Respondió cortantemente.
— Pero no tienes que ir hoy.
— El instituto me necesita, y si no voy se cae en pedazos.
— ¿No sabes qué día es hoy?
— Sí, día de despedirme si llego tarde.
Caminó apurado hacia la cocina, sacó un cartón de leche y se lo bebió de un sorbo después de comerse una barra de granola.
— Regreso en la comida. –Le gritó a su esposa al salir de la casa.
De camino hacia su coche pisó una inmundicia de perro -¡Genial! Lo que faltaba para desperdiciar todo este maldito día. –Refunfuñó mientras abordaba su auto. Después prendió el estéreo en su estación favorita. “Para que regreses, para que te quedes conmigo”. Y escuchando esta canción se tranquilizó un poco.
Eran las siete cincuenta y dos de la mañana y el tránsito fluía por todos lados. Incluso la música de la radio se tornó más pesada, lo cual contribuyó a aumentar la tensión de los automovilistas que a su vez generó el concierto matutino que todos conocemos.
Mario tenía los ojos como de loco, y alterado se unió a la orquesta callejera en donde los automóviles generan una coreografía de tensión que contagia a todos, como si fueran trompetas que llevan a la guerra interminable del stress de la cual él era también un soldado.
Por fin le tocó la luz verde y avanzó, aunque la fila que tenía adelante parecía inmóvil. — ¡Apúrate animal! ¿Qué no ves la luz! — Le gritó al que estaba frente. Por fin era su turno para cruzar mientras la luz amarilla parpadeaba. — Eso es, para eso sirve la luz amarilla, ¡córrele que no alcanzas! Ja, ja. -Comentó al otro lado de la avenida.
— Ah maldición, la hora de los choques, ¿Qué no pueden hacer otra cosa que chocar? -Comentó sarcásticamente. — Ahora sí, voy a llegar más tarde por culpa de animales que manejan como simios, maldito “raciosimio” humano, venimos a chocar con el maldito y mismo carro, a la maldita misma hora, en esta misma maldita vida.
Mientras maldecía a la vida y a su humanidad se la rayó con el claxon a los involucrados del choque. — ¡Vayan a chocar a otro lado! –gritó cuando al mismo tiempo un oficial de tránsito salió en su motocicleta. — ¡Ya me trampó, este tamarindo come manzanas! ¡Espero que te gusten! –Comentó entre dientes.
— Alteró el orden público señor. –Le dijo el oficial.
— Ya sé, ¿puede hacerme la multa rápido? Tengo algo de apuro.
— La haré cuando yo quiera.
Tardó el tiempo necesario y prosiguió cada quien su camino. Con la multa en el tablero comenzó a maldecir a la oficialía de tránsito.
Llegando a la avenida principal se topó con un desfile, y como era su costumbre comenzó a maldecirla. — ¡Malditos niños! Como no tienen trabajos nada más se interesan por desfiles tontos que sólo alteran la vía pública.
Pasaban las ocho y cuarto y Mario se la rayaba a todos los carros alegóricos del desfile, —¡Aquí les va su alegoría, para que aprendan lo que es! En ese momento descubrió otro oficial de tránsito detrás de él.
-¿Qué pasó, señor? Está alterando el orden público.
-Nomás tantito.
-Pues tendré que multarlo.
-¿Puede hacerla rápido oficial?
El oficial lo multó y los dos continuaron con sus labores.
Mientras Mario llegaba a su trabajo como a las ocho treinta y dos se encontró con la sorpresa que estaba casi vacío el estacionamiento — Que raro, casi no hay carros – expresó cuando se fijó que el estacionamiento estaba vacío.
Se dirigió hacia la puerta de entrada y leyó un papelito que decía: “Cerrado por día de asueto”. Y con un tic en el ojo tiró su maletín.



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