Recuerdos de un hombre muerto

Por: José Alejandro García Hernández
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Letras Españolas
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Mi cuerpo cae en el terreno. El ejército enemigo comienza a avanzar a través del fuerte que por tanto tiempo protegimos. Los cañones comienzan a derribar nuestros muros. Un conflicto en donde muchos mosqueteros han dado su vida por sostener nuestra posición defensiva ante este ataque devastador.
Dicen que toda la vida destella ante tus ojos al momento de morir. Mientras mis ojos miran el cielo y nublan su mirada, puedo observar cualquier momento de mi pasado. Es momento de esperar el final.
Recuerdo cuando me gradué de la escuela militar en 1847, y cómo Joaquín se mofaba de la pierna de Santa Anna.
— Es el único héroe que dio su vida por este país.- Dijo él.
— ¿Santa Anna? –Pregunté
— La pierna.
— Sí, y hasta tuvo su funeral.
Recuerdo cuando vi a Alejandra. Joaquín me ordenaba que le declarara mi amor profundo a ella, y además que le regalara unas flores.
Me acerqué a ella. Todavía la visualizo con ese vestido largo, esa cabellera negra, su tez morena, esos ojos marrones y grandes, su cara alargada y su cuerpo demasiado esbelto. Su escote no se ve mal (comparado con su complexión).
Antes de decir algo balbuceé intentando expresar un cumplido.
Lo primero que me dijo fue:
— Se te cayó un botón.
— Sí, fue en la batalla de San Pedro de… no se qué madres, y pues me lo voló un disparo cuando intenté proteger a mi amigo Joaquín, y… pues está vivo. ¡Mira! está en los árboles de allá.
Después de mostrar una sonrisa inocente me preguntó:
— ¿Qué te trae por mi casa?
— Pues… Después de sufrir tanto en nuestros gloriosos conflictos internacionales, me encontré esta flor en medio de un terreno asediado por la guerra, y me recordó a ti.
Se la entregué y entonces le dije mis verdaderos propósitos:
— Me retiro de nuevo a la guerra y me gustaría tener una inspiración de vida para así volver aquí y casarnos.
Su expresión de sorpresa alteró los latidos de mi corazón, de hecho aún puedo sentirlos.
Sin decir alguna palabra tomó la flor y besó mis labios.
Recuerdo cuando la bayoneta doblada de Joaquín mató a un soldado. Lo chistoso fue que lo mató de ladito, y cuando el enemigo cayó al suelo la hoja se quedó clavada en su pecho.
— Bueno, sirvió de algo una bayoneta rota. –Comentó él.
— Con que no sea tu mosquete.
— ¡Imagínate si el gobierno no hubiera pagado los uniformes!
— ¡Asustaríamos a los gringos con nuestras bolas!
Recuerdo cuando cargué a mi primer hijo. ¡Cómo lo voy a olvidar! Su sonrisa traviesa cuando me orinó el uniforme nuevo. Simplemente escuché la risa de mi esposa Alejandra y lo que me dijo:
— Igualito a su papá Antonio, orinando el uniforme.
—Ya te dije que fue en el lago cuando sacamos el cañón. Tú sabes, agua sucia y pólvora generan una reacción química que simula la mancha de la orina.
Recuerdo mi última despedida con Alejandra. Cuando abracé a mis tres hijos y lo que les dije:
— Antonio, ya no orines en donde comen los cerdos. Julio, ya no escupas frente a la gente… mejor hazlo cuando nadie te vea.
— ¡Antonio! –Me reclamó Alejandra.
— Ejem… Anita, sigue igual de bonita como siempre.
Finalmente abracé a mi esposa y le di un beso.
— Eso lo sabrán dentro de algunos años. –Le expliqué a los niños.
Agarré mi mosquete, guardé mi bayoneta en uno de los bolsillos del uniforme orinado, y fijé rumbo hacia mi compañía de infantería en el año mil ochocientos sesenta y dos.
Pero antes de tomar el camino, Alejandra me abrazó de nuevo y me dio un medallón.
— Me lo dio mi madre. Para que la virgencita te cuide en la batalla. Recuérdanos allá, recuérdanos y protege nuestro país y nuestras vidas.
¡Recuérdanos!
¡Recuérdanos!
¡Protégenos!
Esas últimas palabras me trajeron a la realidad y abrieron de nuevo mis ojos moribundos por la última batalla, además de un estruendoso cañonazo que me despertó por completo.
Los latidos de mi corazón simulan los toques del tambor. Tomo en mis manos el medallón de la virgen y con dificultad comienzo a levantarme.
El disparo me dio en el lado izquierdo del abdomen. Ya no siento dolor. Qué más da. El cañón está devastando el fuerte y está volando a mis compañeros.
Además de la infantería, solamente quedan dos artilleros franceses y nadie puede acabarlos, bueno solamente un hombre muerto.
Comienzo a cargar mi mosquete y la cargo con pólvora. Un artillero está parado ahí sin moverse, así que es muy buena oportunidad para acabarlo. Tomo mi tiempo para apuntar y… El disparo casi me derriba (por mi estado débil) pero un artillero acaba de morir por ello. Lo mató un hombre muerto.
Ya no tengo para recargar mi arma, sólo me queda llegar hasta la cima de la colina en donde está ese individuo destructor de mexicanos. Utilizo mi mosquete como sable mientras me abro camino entre los combatientes quienes mueren por órdenes, mientras yo muero de nuevo por amor.
No utilizo la bayoneta porque ya se que se rompe con una estocada profunda.
Por única ocasión volteo hacia atrás y veo refuerzos… ¡Refuerzos! Debo evitar que ese cañón destruya a nuestros refuerzos.
Finalmente alcanzo a subir la pesada colina, preparo mi bayoneta y… un disparo me traspasa el lado derecho de mi pecho, logrando que mi cuerpo cayera de nuevo, no sin antes apuñalar al artillero con mi bayoneta.
Antes de expirar pude escuchar el grito de ¡Victoria! que exclamaron mis compañeros. Tendido en el suelo y con mi rostro sucio y lleno de sangre puedo sentir la gloria (aunque no terminaré de verla) pero me conformo con ver su inicio en este momento, este pequeño momento que cambió el rumbo de nuestra nación y la vida de mis seres queridos. Ahora sé que mi familia está a salvo, los recuerdos de un hombre muerto la salvaron.




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