Estilismo y expresión

Por: Martha Estela Torres Torres
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Letras Españolas
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Desde el mes pasado quedó abierta al público la mejor estética de Villa Guadalupe cuyas instalaciones innovadoras y modernas garantizan funcionalidad, y gran comodidad para los clientes. Después de la apertura han mantenido las promociones y según ellos tienen precios especiales en trabajos de luces, transparencias y tintes. Los costos son altos, pero aún así se ha incrementado el número de clientes. Aquí los cortes realizados por expertos están a la vanguardia americana como el corte de picos que representa el último crie de la moda. La mayoría de las mujeres se deciden pronto por luces sofisticadas. Los hombres prefieren un corte conservador que les mantenga el cabello mejor peinado.
La señora Bermúdez, mujer distinguida por su buen porte y su elegancia es conocida en todas partes por sus actividades sociales en beneficio de la niñez y la juventud de Villa Guadalupe. Es voluntaria del Promotoriado del Banco Oriental que lleva muchos años ejerciendo múltiples actividades para reunir recursos y ayudar a los niños de la localidad y de algunos pueblos de la sierra. La señora con frecuencia viaja a la capital del estado para conseguir mayores apoyos de empresarios y dependencias gubernamentales.
La señora Olivia Bermúdez ha llegado puntual a su cita, primero solicitó un trabajo de luces castañorojizas que resaltan mejor el tono de su piel. Luego, después de mucho pensar se ha decido por un corte más juvenil:
—Pero que no me vaya a quedar muy corto, por favor, es que nunca me ha gustado usar el cabello corto.
–Claro, que no, señora Olivia. Verá usted que solo del frente recortaré un poco y de tal manera que se podrá acomodar mejor su cabello y no requerirá de mucho tiempo para arreglárselo –contesta la estilista, recién llegada del curso de estilismo celebrado en El paso Texas.
—Sí, por favor no se le vaya a pasar la mano y me corté de más.
—Claro que no, señora Olivia, no se preocupe por eso. Este estilo le favorece mucho más por la forma ovalada de su rostro. Ah, permítame subirle al aire, es que ahora estamos a más de cuarenta grados, qué barbaridad, nos vamos a cocer si seguimos con estas altas temperaturas.
—Sí, está terrible el calor, a mí me parece cada vez más fuerte. Oiga, ¿y qué novedades tiene de la matazón del mes pasado?
—¿Pues, qué no supo lo del panteón?
—Sí, sí, dicen que eso fue todo un espectáculo, qué en un instante llegaron varios helicópteros, el comboy de los militares y muchas patrullas para levantar a los deudos del difunto involucrados. Eso es lo que ha faltado, determinación y fuerza para acabar con todo este problema.
—Sí estoy es muy serio, ya rebasó a toda la autoridá.
—Ahora somos un pueblo sin ley, ¡qué barbaridad!, no sé que va a ser de nosotros.
—Pues no crea que nomás aquí, las noticias dicen que el problema es en todo el estado. Yo no sé que nos espera…
—Ahora estamos completamente desprotegidos; ya ve que los pocos policías que sobrevivieron fueron amenazados de muerte y tuvieron que renunciar… por miedo seguramente…
—Oígame, es que el miedo no anda en burro, cualquiera se muere de miedo con las terribles amenazas de esa gente.
—Dicen que solamente quedó un viejo policía…en la heroica corporación…ja, ja, ja… el único valiente en esta gran ciudad. ¡Es el colmo!, el pobre dijo que él no iba a hacerse a un lado porque ya mero se jubilaba, que ya nomás le faltaban dos años para conseguir su pensión y que mejor se iba a aguantar a pesar de las amenazas.
—Pobre hombre, es que… la necesidad…está cabr… ay, perdón, señora… este…lo que quiero decir es que él prefiere algo para su familia aunque tenga que arriesgar la vida.
—Pues sí, ya sé que la necesidad es mucha, pero la muerte está más canija… Uno ya no vuelve a retoñar.
—Mire, señora…fíjese que nomás le estoy cortando un poquito el fleco… así, ¿le parece?
—Me parece bien… solo un poquitito… igualmente atrás, solo retóqueme las puntas. Como estábamos diciendo; yo opino que de una buena vez los deberían de matar a todos, a los peces chicos y a los peces grandes, pues es un crimen lo que están haciendo con la juventud…
—Todo mundo piensa así, estamos contra la violencia de esa gente que arma verdaderas batallas.
—Pues insisto en que deben morir, por asesinos, por andar envenenando a niños y a jóvenes que no saben defenderse ni medir el peligro, por eso merecen cadena perpetua los muy desgraciados, y merecen más… merecen la pena de muerte. Sí, la bola de asesinos no tiene perdón… ni siquiera de Dios.
—Pues les llegó su ahora, ya están sufriendo por sus fechorías, ahora si les están pegando donde les duele… ¿Supo que mataron al hijo del Chapo?
—Sí, pues el que a hierro mata a hierro muere… dicen que apenas había salido de la cárcel y lo mataron, así tenía que ser si andan en eso, así tienen que ir pagando… en lo que más les duele… en sus propios hijos.
—Pues algunos no pagan ni tantito… al contrario parece que les va cada día mejor; claro que tarde o temprano pagarán en el infierno. Aunque con el ejército no se juega. Están trabajando con mano dura…
—Eso es lo indicado, que el ejército acabe de una vez con esas malditas ratas… con esas sandijüelas que viven de lucrar con la salud y la vida de los demás.
—Pues fíjese que yo he sabido que hay gente que los protege porque se benefician, que por qué consiguen buenas mordidas o porque les ayudan a poner negocios, fíjese nomás.
—Ah, sí, los prestanombres se enriquecen con ellos, pero son igual de culpables.
—Hay muchos culpables y todo por el maldito dinero.
—Así es, y los que andan en eso, son gente ignorante que cree que se beneficia, pero no comprenden que a la larga el narcotráfico nos están afectando a todos y en todo, ya este país no es el mismo, ahora estamos peor, pues la pobreza ha crecido y la corrupción no se diga, ¿qué vamos a hacer con tanto drogadicto, imagínese usted, nos vamos a quedar sin jóvenes que se dediquen a trabajar y a sacar adelante el país…
—Ni lo diga, ¡qué barbaridad!, que tiempos nos han tocado vivir. Por un lado tenemos el trabajo mal pagado y por otro ya ni trabajo se consigue y luego los jóvenes metidos en líos. Pobre gente ¿cómo podrán vivir? Ya mero voy a terminar… señora… fui muy despacio para no cortarle de más.
—Gracias, gracias… por fijarse bien, porque si se le pasa el corte, me puede dar una crisis nerviosa, ja, ja, ja. Ay no, estos problemas sociales nos están quitando el aliento y las oportunidades de mejorar; total, como digo yo, lo mejor es que de una buena vez… los maten a todos, a esos narcotes que se mantienen en su camionetotas con botas de avestruz, de pitón o de caguama y con sus Versalles…
—Ah, sí, esas camisas con brillantes colores que encandilan desde lejos, y bueno, con sus lindas tejanas…por cierto, a veces hasta guapos se ven los condenados…
—Ay, ¿cómo te pueden parecer guapos?; estás loca, eso, ¿a quién le importa, con el daño que hacen?
—Es un decir, señora, pero mire… yo me conformo con que se larguen, con que el ejército los eche en corrida, con eso se compondrían las cosas por aquí, ¿no cree, señora Olivia?
—Discúlpame, pero esa no es la solución, te digo que la única es que maten a
todos esos desgraciados…infelices…. hijos de su terrible madre.
—Señora, no se altere, por el amor de Dios…
—Si no me altero, mujer. Por justicia tenemos, de una vez por todas que… bueno, el gobierno tiene que acabar con esas alimañas… debe exterminarlos desde la raíz.
De pronto se levanta un hombre de la salita de espera y se acerca lentamente hacia donde están las dos mujeres discutiendo sobre las acciones del combate al narcotráfico. Llega hasta ellas disimulando una leve sonrisa al acercarse y sin prisa saca una pistola de entre sus ropas, cambia siniestramente el rictus de su cara, acerca con dureza el cañón a las costillas de la estilista y ordena con voz ronca y colérica.
—¡Rápela!
—¿Cómo dice, señor?
—¡Que la rape, ya escuchó!
—Pero… ¿cómo quiere que haga eso, señ…?
—Es una orden. Rápela ahora y no discuta porque la mato, ¿entendido?
—Sí, sí, señor.
—Oígame, –replica la señora Olivia, armándose de valor y tratando de levantarse –. no puede hacerm…
—Tú cállate, habladora. No abras la boca, porque te va peor, alegantina. –advierte, enfurecido el cliente, sentándola con fuerza.
—Ay, pero… –la mujer se queja por el empujón.
—Y tú, ¿qué estás viendo? ¡Obedece rápido!
—Pero… –la estilista calla cuando siente la dolorosa presión de la pistola en su tórax–. no, no, señor, no me haga nada, por favor.
—Haz caso, estúpida.
—Sí, haré lo que usted dice…
—Pronto, así, ¡córtale las greñas a esta lenguaraz, no le dejes un pelo vivo… ahora!
—Oh, Dios, santo. –suplica la señora Olivia, cubriéndose el rostro con las manos.
—Enderézate, por tu pinchi madre y no estés chillando…lengua larga…
—Ya está, mire señor.
—¿Estás sorda, o qué? ¡Te dije que la raparas… bien rapa, imbécil!
—Sí, sí… señor….
—Así quedó mejor; ahora que te pague la desgraciada –agregó el hombre enfurecido al salir, guardando sin prisa la pistola que mantuvo firme bajo la chamarra.
—Auxilio, auxilio –empezó a gritar la estilista, en cuanto el hombre se perdió entre la gente. La señora Olivia se agarraba el cráneo y lloraba y lloraba como una niña que ha perdido su más querido tesoro.



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