Lecciones de muerte, docencia y amor

Por: Ludym González Macías
fm
Médico Cirujano y Partero
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

En un mundo no muy lejano del que conocemos, se encuentra un lugar repleto de edificios, donde no se encuentra rastro de tierra libre. Un lugar donde nadie parece detenerse, la tensión es un común denominador. Nadie se detiene a ayudar al necesitado. Pareciese que los habitantes entre tantos avances tecnológicos han olvidado el amor.


Año 2045, hace cinco años que finalizó la Tercera Guerra Mundial. Aumentó la pobreza y las grandes potencias perdieron su poder. Alemania se empezó a caracterizar por un resurgimiento de hostilidad. Nadie sabe porqué se dio este cambio; muchos decían que se debía a una oleada de vandalismo, otros que fue por el ascenso al poder del grupo Neonazi, pero solamente eran rumores.


A pesar de los conflictos con el gobierno y la economía, se hizo un especial énfasis en las nuevas generaciones, como decía el Presidente de la República Alemana: “De nada servirán los avances, si nuestros jóvenes son indiferentes a los requerimientos de nuestra patria”. Desgraciadamente, la aprehensión contra la juventud fue excesiva: desde la prohibición del noviazgo y la música estridente, hasta el aumento del inicio de la mayoría de edad a los 25 años.


Alexndra Kierkgaard era una berlinesa de 17 años, soñaba como cualquiera en su futuro y en su vida. Su padre tenía un buen trabajo en la burocracia y su madre en la docencia. Durante la guerra cursaba la preparatoria en un colegio privado y se esmeraba al máximo en sus calificaciones. Debido a los conflictos económicos de Alemania, sus padres no pudieron pagar sus estudios donde cursaba, por lo que fue ingresada a una preparatoria pública.


Cuando Alexndra ingresó a su nueva escuela, todo le parecía diferente a lo que ella estaba acostumbrada. Aún así pudo hacer amigos rápidamente y se llevaba muy bien con la mayoría de sus profesores. Pero transcurrió muy poco tiempo para que ella terminara sintiéndose atraída a uno de sus nuevos amigos: Boris Poltz. Alenxdra estaba confundida. Cierto que no tenía permitido enamorarse; aunque también ella lo quería con locura. Cuando las calificaciones de Alexndra iniciaron a decaer por sus distracciones, el profesor de Filosofía, Konrad Schneider; decidió conocer el porqué, así que un día, después de la entrega de calificaciones, habló con ella.


Ella lo vio llegar y sonrió, él se sentó a su lado y la miraba fijamente, situación que incomodaba a Alexndra.


-¿Qué ha pasado con usted, Kierkgaard? Ha cambiado en los últimos meses.
-No quiero hablar de eso.
-Pues no me iré hasta que me responda. Creí que tendría la confianza para decírmelo. Créame que puede contar con mi discreción.
-Estoy confundida. No se a quien obedecer, si a mis enseñanzas o a mi misma, aunque si elijo la última opción lo pagaré y a la vez me sentiré realmente plena…
-No comprendo que intenta decirme.
-Estoy enamorada profesor, pero como usted sabe no puedo ni debo sentir…
-Claro que puede sentirlo, sólo que estas estúpidas reformas en las leyes alemanas son lo que la ata. ¿Y ese chico tiene conocimiento de esto?
-No sé si lo sepa, y creo que no debe saberlo; puedo meterlo en problemas. No tiene idea de las ganas que tengo de correr hacia él y decirle lo que siento, pero me rechazaría.
-¿Por qué afirma que él la rechazaría?
-Porque no es mi tipo; somos tan parecidos que chocarían nuestras ideas y eso no sería bueno, porque nos llevaría a un rotundo desastre. Me refiero a Boris Poltz.
-Lo único que le puedo decir -Dijo él- es que Boris es un muchacho amable y dedicado; usted tiene razón en decir que sus pensamientos chocarían, recuerde una de las leyes del magnetismo: “Dos polos de cargas iguales se repelen”. Por una parte, eso no debería detenerla si quiere en el futuro tener una relación con él. Aunque por otra parte, pienso que no debería obsesionarse con esa idea, hay muchos hombres más en el mundo que llegasen a amarla, si Boris no se siente atraído por usted, debe dejarlo ir.
-Pero ¿Dónde está ese príncipe azul que realmente me ame?
El profesor acarició la cabeza de Alexndra, le sonrió y se retiró. Al ver esta reacción ella no dijo nada. En lo que ella se dirigía a su salón reflexionaba:
-¿Será acaso que él…? ¡No! No puede ser así…
Al día siguiente, Alexndra no estaba cómoda al lado de Boris. Las palabras de su profesor de Filosofía resonaban en su mente como un enjambre de abejas molestas. Nada entraba a su memoria y no le interesaba. Ella se dedicaba a pensar en sus sentimientos, en Boris y Konrad… Al parecer Boris notó lo que ocurría con Alexndra. Al finalizar la clase, Alexndra se dirigió a su sitio preferido en la escuela, Boris la siguió y se sentó a su lado.
-¿Te sentiste mal en clase? ¿No necesitas que vengan por ti?
-No gracias, no estoy enferma, pero es cierto que no ando del todo bien.
-¿Por qué? ¿Tienes problemas en casa?
-No. Problemas con mis sentimientos.
Boris se sintió incómodo. Alexndra lo notó
-Perdona, creo que te he incomodado. Además esto no tiene que ver contigo.
-No, no pensaba eso. Bueno, la verdad sí. Yo no se si sientes algo por mí, pero creo que debo saberlo. Aunque conozco motivos para que no deba haber nada entre nosotros…
-¿Eres homosexual?
-No. Seré seminarista cuando salga de la preparatoria, Alexndra. Espero que comprendas esto, no quiero que ocurran malos entendidos después.
-Sí, creo que comprendo…
Alexndra se levantó y se fue lentamente de ahí. Estaba desilusionada y caminaba sin rumbo fijo. Cuando volvió a la realidad, se percató de que estaba llorando y había llegado a las oficinas de los maestros, a la oficina de Konrad Schneider. Él la vio.
-Alexndra. ¿Qué le ocurre? ¿Por qué llora?
-No tiene idea de lo que me ocurre, nadie me dijo como se debe amar…
-A nadie nos lo enseñaron, es algo que se aprende sobre la marcha, créame que la comprendo. He esperado por años encontrar el amor de mi vida, cuando me di cuenta que allí estaba, descubrí que no debo enamorarme de ella.
-¿Por qué?
-Ella es… Una jovencita, una niña.
-¿Cómo?
-Estoy enamorado de una alumna, Alexndra. Es algo fuera de lugar, pero la amo.
Acto seguido, Schneider se acercó al rostro de Alexndra. La tomó de la barbilla y la besó. Repentinamente, el profesor se separó de ella; la subdirectora los había visto. Después, sin duda el juicio ante la sociedad. Quizá Konrad obedeció su impulso, no de forma muy inteligente, pero lo hizo; cometió el error más grande de su vida: Amar…


Durante el mes que duró el juicio contra Konrad, Alexndra se sentía culpable y no podía dejar de reprocharse la situación actual del maestro. Finalmente terminó el proceso jurídico. Resultado: Culpable. Sentencia: Muerte. Cuando Alexndra lo supo, no pudo resistirlo. Pocas horas después de que Konrad Schneider inhalara su último suspiro y gritara: “No me arrepiento de haberla amado”; Alexndra Kierkgaard subió al ático de su casa mientras pensaba: “Siempre lo amé, sin saber como hacerlo.


Siempre lo amé sin saber como hacerlo. Siempre lo amé, sin saber como hacerlo…” Horas después, sus pies se balanceaban de izquierda a derecha al compás del segundero del reloj.


Desde hace mucho tiempo, los habitantes del globo terráqueo han olvidado el amor; se les enseña como producir ganancias y riquezas, pero nadie les enseña como amar... Es algo que se aprende sobre la marcha y al igual que la vida, no viene con instructivo de uso ni recetas mágicas para salir a flote de ambos. No se te enseña a amar, porque es algo que tarde o temprano se olvida… aunque por poco tiempo que dure, te hace eternamente feliz.
¿Vale la pena morir por amor?


Mejor vivir para amar que amar para vivir…





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