El exilio de los santos

Por: Miguel Herrera Pérez
fm
Medicina
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

Fue una de las veces que decides prolongar la pausa entre cada respiro, escuchar las dolientes voces que susurran las madrugadas, sentir el trayecto marcado por una lágrima al correr sobre tu mejilla o simplemente en las que prefieres olvidarte del sol, cuando los santos fueron testigos de cómo ese lúgubre letargo se apoderó de mí, mientras yacía hincado ante la cruz de aquel viejo templo donde pretendía elevar mis plegarias más allá de las nubes. No supe qué fue: un olvido, una traición, o si el pacto que hice había resultado ser un pecado… al momento, sólo pude resolver que los santos me habían usado.

Era una fría madrugada de octubre y parecía como si mil agujas congeladas se abrieran paso entre mi piel. La luna comenzaba a menguar y el viento susurraba al bosque mientras me dirigía a recoger espuma del mar con un frasco entre mis manos.
Mi nombre es Rafael, y Elena se llama mi esposa; hacía unas semanas ella había caído presa de un mal particularmente extraño que me privaba de ver el horizonte a través de sus angelicales ojos y de escuchar su melodiosa voz cada vez que la tristeza tocaba mis puertas.

Todos quienes la asistieron habían concordado en lo mismo. Yo me negué a aceptar su veredicto y no había poder humano que turbara mi opuesta opinión: ¡Elena no estaba muerta!
“Sigo aquí… tal vez mi voz esté ausente, pero no te he abandonado. Perdóname Rafael, perdóname…” En ocasiones, me parecía escuchar los pensamientos de Elena externados al viento. Tal vez fue el calor de nuestras manos siempre unidas lo que estableció una conexión entre nosotros por todas las horas que gasté junto a su cama, contándole mis pesares.

El pueblo en el que solía vivir me llegó a considerar loco; porque la ley no permite conservar un cadáver dentro de una vivienda después de cierto tiempo, me vi involucrado en una serie de problemas al aferrarme tan celosamente a mi mujer; un día, cuando partió el último médico que estudiaría la situación, regresó acompañado por dos burócratas y un verdugo, con la intención de tomar el cuerpo y darle una sepultura digna. Entre mi rotunda desaprobación y desesperanza, traté de convencerles con la veracidad que yo afirmaba sobre la enfermedad por la que ella estaba poseída, y aunque en realidad no existía una prueba tangible a dicho aspecto, al final cedieron a mi súplica, porque mi convencimiento se había convertido en un enfermizo ruego cuando vi la templanza y el duro semblante de reprobación en aquellas personas incapaces de inmutación alguna.

— Mira al pobre que ha perdido el juicio.
— ¿Cómo puede alguien negarse a aceptar la muerte hasta el punto de la sinrazón?
— Aunque en tiempos de cólera sea tan común el ver sucumbir a nuestro alrededor, nunca faltarán aquellos que teman lo inevitable.
— Por eso deben comprenderlo. Tal vez sí haya perdido la razón, pero es que ellos dos compartían una misma alma.

Las miradas curiosas, disimuladas y sentenciantes, al igual que las cuchicheantes voces, no dejaban de seguirme cada vez que atravesaba el umbral de mi melancólica morada.
Tenía la inmortal esperanza de algún día tener en mis brazos al fruto de nuestro amor, tal como me había prometido la vez del primer beso. Es por eso que me dediqué a una incansable búsqueda por rescatarla de ese enigmático sueño.
Fue una tarde, en la que después de darle un beso en la frente y cerrar las puertas de mi hogar tras haber cavilado todo el día, emprendí un viaje para lograr mi propósito… aún recuerdo las palabras que escuché mientras derramaba lágrimas sobre su pecho aquel día.

“No me dejes. Tengo miedo, tengo frío. No soportaré escuchar el silencio de tu partida resonar en los muros de mi gélida habitación… no me dejes, por favor, que yo nunca te he dejado…” Ahora creo que sí es posible hablar con el corazón mientras la voz está ausente.

Fracasé en todos mis intentos por encontrar un amanecer en el cual hacerla despertar, y resultó inevitable que mis esperanzas se consumieran cuando la ilusión de continuar la vida como acostumbrábamos comenzaba a parecer vana... para mí el viento ya no soplaba igual, el agua había dejado de mojar, el fuego era helado y las estrellas ya no refulgían sobre mis hombros cada noche… además, la luna se negaba a contarme sus leyendas y los atardeceres ya no me inspiraban aquella nostalgia regocijante que solían.

Todo fue así hasta que conocí a los santos, una vez que el día despuntaba por el alba.
Elena siempre me habló sobre ellos porque sus milagros le eran, como lo es para el cachorro de un león, ver la sangre brotar del cadáver de su primera presa. Lo cierto es que yo nunca escuché con atención todos aquellos inverosímiles testimonios que con fervor me contaba en los momentos de su máxima euforia, porque mi filosofía tenía muy cerrado el cráneo que protege a mi mente de tales disparates; en ella sólo cabía que Tú, energía infinita, indestructible y omnipresente,  eras lo único capaz de engendrar verdaderos milagros tan ajenos a la razón.

Era el cuarto día posterior a mi regreso; había madrugado y me disponía a dar una caminata a orillas de la playa, con el fin de imaginar a mi tristeza ahogarse hasta morir. De pronto, como si el sueño que durante mi infancia culminó la mayoría de mis noches con fantasía hubiese resultado ser una mera premonición, las nubes comenzaron a inundar  el cielo índigo del amanecer, materializándose así un vasto nimbo encima de mí; ni siquiera intentaré describir la serie de emociones que experimenté cuando vi a los santos descender uno a uno de aquella nebulosa, hasta que las plantas de sus pies descalzos acariciaban suavemente la arena a mi alrededor, porque ninguna palabra existente sería suficiente para hacerlo.

Cuando el océano se hubo sosegado, mi espasmo poco a poco empezó a decrecer cuando vi la serenidad en los ojos de aquella multitud, mientras sus blanquecinas ropas revoloteaban con el primer viento danzante de ese día.

Y San Lucas dijo:
— Nos ha desterrado del cielo; se asomó al mañana y vio que nuestra función de intermediar ya no era útil.

Y San Martín dijo:
— La eternidad no es un producto humano, existimos por la subjetividad de algunos, y el privilegio de morir es tan envidiable que nos regresó la identidad con la que nacimos por primera vez.

Y Santa Teresa dijo:
— Ahora nuestra existencia será inevitable en este mundo, y los deseos de nuestros fieles nunca más podrán ser cumplidos.

Y San Pedro dijo:
— Pero sólo tu decisión podrá evitar que la realidad de vernos caminar entre sus multitudes no deje de ser falsa… Elena te estará eternamente agradecida, y tu hijo aún más, si le permites experimentar lo que es vivir.

La incertidumbre se apoderó del ambiente, el viento aulló y las efímeras suposiciones contrajeron con rudeza mi estómago vacío.

“Rafael… los santos ya me lo habían dicho, pero escucha primero a tu alma antes de cualquier decisión”.
La voz de Elena rompió en ese instante al silencio de madrugada.

¿Qué era todo esto? ¿Por qué tenía que haber sido yo quien merodeara por la playa al momento en que las nubes exiliaron a los santos, cuyo destino ahora parecía depender de una decisión mía? Tal vez, porque nada de aquello había sido coincidencia…

Y como si la oportunidad de redimir la tarea me hubiese sido arrebatada por las palabras de San Pedro, el proceso ya había entrado en vigor; supongo que fue un desmayo lo que me hizo perder la conexión con la realidad al ver ese repentino destello emanado de la nada, que paulatinamente y a una velocidad exorbitante se convirtió en un níveo vacío cuyo incoherente centro fui yo. Recuerdo que intenté despertar para huir de esa abstracta irrealidad… pero nada de aquello era un sueño, era tan real como la enfermedad que opacaba la aún existente vida de Elena.

Y el pacto fue formado.

Ignoré la hora cuando abrí los ojos. Las raídas vigas que atravesaban el techo de madera me dijeron que estaba recostado sobre la cama de mi habitación. Mi boca tenía un sabor terrible, como si hubiese tragado agua del mar. Me dolía el cuerpo y parecía que había gente en mi cabeza que no paraba de hablar… me lastimaba, y retumbaba como una percusión.
Un agonizante rayo de luna se coló por la ventana entreabierta y con su tenue luz plateada susurró a mis oídos que el manto de la madrugada ya había cobijado la ciudad. Entonces reaccioné. Fui a la cocina y cogí el frasco que me esperaba sobre la mesa...

Mientras corría a la playa, los recuerdos comenzaban a galopar en mi cabeza; fue la voz de San Lucas lo que hizo presente las palabras del pacto en mi memoria:

“La espuma del mar, que con tus lágrimas se hará agua bajo la menguante luna de esta noche, despertará a tu amada del letargo al que le hemos sometido. Entonces, Él se dará cuenta que nuestra pasión jamás enflaquecerá y tu decisión hará que las nubes se abran y podrás ver como ascendemos a ellas, haciendo de nuestra existencia en este mundo una realidad que jamás será, aunque el turno del letargo no quede exento de morar un tiempo en ti…”

Era esa la voz que durante tantas madrugadas intentó prevenirme de lo que sucedería, pero que siempre ignoré.
Entonces lo comprendí; los santos eran los responsables del estado en que moraba Elena… porque mi mente no estuvo presente al momento, mi alma fue prácticamente forzada a realizar aquel voto.

Pero ya no era tiempo de arrepentirse; de inmediato aborté la idea de negarme a aceptar la propuesta, cuando recordé mi deseo por tener un hijo.

El mar me regaló tantita espuma y la luna me recordó que debía llorar. Tapé el frasco y regresé a casa más pronto de lo que había tardado en llegar a la playa.
Y ahí estaba ella; las ropas blancas que vestían su delicado cuerpo brillante de albor, sus pies descalzos, sus manos unidas sobre el pecho y ese angelical rostro, con la nariz afilada, finas cejas y simétricos labios escarlata deshicieron mis ojos en un mar de lágrimas cuyo destino fue el frasco que había destapado mientras observaba tan afrodisíaco avatar.

Entonces la espuma se hizo agua.

La desnudé con el sentimiento más puro que jamás hubiese experimentado, ningún pensamiento mórbido fue concebido en ese momento y hasta el mismo deseo parecía ser un pecado. Comencé a rociar el elíxir con la esperanza de haber dado al fin con la solución a mi desquiciante soledad; humedecí su cabello, lavé su rostro y mis manos empapadas rodearon sus senos hasta llegar a su vientre… sus pies fue lo último en quedar humedecido por el placebo de los santos, porque previamente utilicé un poco para eliminar de mí los residuos de aquello que sólo esperaba no hubiese sido un pecado…

No me pude permitir la espera; vestí a Elena y comencé a correr hacia el templo que se encontraba sobre la colina, cruzando el bosque.
De nuevo. La mañana me recibió ante las puertas de la santa morada. Si bien dicen que la fe mueve montañas, la mía fue capaz de mover un portal que no había permitido el paso de ningún alma durante décadas.
El interior era hermoso; un estilo renacentista salpicado por tendencias góticas con un enorme arco central y ornamentos de caoba, acabados de oro y gemas incrustadas en la bóveda que la hacían lucir como la celeste misma. Y llamándome en silencio desde el muro que se alzaba frente a mí, estaba la cruz envuelta en telarañas ante la que debía hincarme para elevar mis oraciones más allá de las nubes por última vez…

Un día escuché llamar mi nombre en una melodramática sinfonía que hizo rechinar las viejas puertas. Eso fue lo que me hizo despertar del letargo; tal vez los santos si me habían usado, pero mi alma descansó por dos meses, mientras mi cuerpo yacía inerte bajo la cruz.

— ¡Rafael! -y como en todo melodrama, Elena culminó en lágrimas cuando se hincó y apoyó mi cabeza en su regazo.
— Los santos… los he conocido –le dije entre lágrimas y titubeos convalecientes… entonces me di cuenta que el vientre de mi amada al fin desenlazaría en la bendición del sueño que nunca me hizo desistir… y sus ojos me hicieron recordar el sol.

Siete meses después, nació Gabriel.
Fueron años de gloriosa y plena dicha al fin encontrada, había tenido éxito en mi expedición y mi sueño era ya una realidad. Los santos me enseñaron a tener fe, hasta venerarlos aún más que la misma Elena.

Estoy seguro que las palabras expedidas con mi último aliento, le ayudaron a sobrellevar mi muerte con fortaleza… “Cuando sientas que los santos te han abandonado, escucha a la luna, alégrate al observar tu último atardecer, vuelve a sentir como sopla el viento y cierra los ojos. Entonces, estarás lista para decir tu último adiós…” Era el sereno rostro de mi hijo lo último que en vida viera.

— ¿Crees que los santos lo hicieron para ayudarte a cumplir tu sueño?
— Si, y han demostrado que su función de intermediar no dejará de serte útil. Pero, ¿en realidad pensabas desterrarlos para siempre?
— ¿Y quién eres tú para cuestionar a Dios?
— Solamente el alma de un mortal… pero al fin me he dado cuenta; la fe permite vivir aún más allá del óbito. Sólo mira dónde estoy ahora y recuerda lo que dije a Elena mientras mi hijo dormía por última vez entre mis brazos.
— Lo recordaré por siempre. Ahora descansa, Rafael.



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