La muerte de un ser querido

Por: Blanca Esthela Reyes Meraz
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Filosofía
Publicado: 2014-04-03 10:00:00

 RELATO


En este momento veo la muerte rondar en estas cuatro paredes. Sale y se aleja por el pasillo, tan largo y tan corto a la vez. En ocasiones no escucho los pasos, creo que ya no volverá. Por un instante deseo humanizar a la muerte con la necesidad de comer y dormir para tener tiempo y preparar algo en su contra. Pero no, aquí está de nuevo. La veo en el acelerado palpitar de la aorta, en el aparato con aquel peculiar sonido que me indica el estado de su corazón. La veo en el paño grisáceo de su pupila, en el color pálido de su piel, en lo difícil que resulta realizar algo tan aparentemente fácil, como lo es respirar.

La veo hasta en el pasado que influyó para que ella llegara en tan corto tiempo. Esa angustiosa y preocupante vida; esos escasos momentos de felicidad y la ausencia de una filosofía que aligerara la carga.

Son instantes llenos de contradicciones. Quiero que la presencia de la irremediable pérdida no sea una realidad, pero cuando veo la saña de la aparente agonía, deseo que suceda pronto, de una vez por todas. Pido piedad a mi padre, mis abuelos, a mi sobrina y a los seres queridos que se han ido. Nadie me escucha. Las horas pasan lentamente, mientras el cansancio y la desesperación se apoderan de mí.

La conciencia de la muerte se profundiza mas con el deseo de sufrir por mi madre, agonizar por ella, dar un trozo de mi vida aún saludable para darle salud, daría mi alegría de vivir y el haber descubierto nuevos horizontes a través de la filosofía con tal de verla sonreír o ver un brillo en sus ojos. Si al menos me escuchara y reconociera  mis palabras, sin embargo, alguien me trae a la realidad cuando me recuerda que su muerte es intransferible.

Ella tiene su muerte y será hoy, mañana o dentro de un año, no lo sabía en ese momento. Es dolorosa esta condición, como el hecho de la imposibilidad de que nadie con su propia muerte puede evitar a otro definitivamente el trance de morir antes o después. La muerte a nadie concede inmortalidad, solo plazos cortos o largos, pero no eternos. La muerte de ella lleva su nombre y apellidos, por eso la muerte es lo más individualizado y a la vez lo más igualitario. En ese trance, nadie es más ni menos que nadie, sobre todo nadie puede ser otro del que es. Al mundo traemos lo que nunca antes había sido, al morir nos llevamos lo que nunca volverá a ser.

Pero, insisto, qué sucede cuando no se vivió una vida propia, como el caso de mi madre. Ella vivió la vida de los demás y no precisamente por ser una persona dependiente, sino porque sus enseñanzas, su amor obligado dictó que así debería de ser. Entregó su vida, primero a mi padre, y muy pronto, demasiado pronto, a sus hijos.

Su diagnóstico es realmente desalentador. El médico dice que no sufrirá un paro cardiaco, debido al marcapasos que lleva hace tres años, pero sí un paro respiratorio. No veo la diferencia. La frivolidad del galeno acentúa mi dolor. Mi hermano desespera al mismo tono.

Mi madre está enferma, muy enferma, pero no morirá por eso, sino porque está viva, recuerdo en mi búsqueda por aminorar este sufrimiento. Mientras hay vida todo puede arreglarse, pero cómo explicar la agonía, que es estar entre la vida y la muerte, cuando inefablemente se dejan este tipo de situaciones a Dios. Pero qué de lo que me dicen: desconocemos si a él le importamos.

Es verdad, es su inminente muerte, pero aquí está en mí el dolor de su posible muerte. Con esto también comparto su muerte porque formo parte de su vida, porque ella me dio vida, ella me dio las bases para que mi vida fuera lo que es. Sin ella no tuviera vida y sin ella tampoco tendría mi propia muerte. ¿Cómo podemos decir que la muerte es individual y que tiene sus propios apellidos, si yo llevo uno de ellos? Comparto su misma muerte, con ella seguramente se perderá una parte de mí. Morirá una parte de mí.

Experimentamos la existencia de la muerte en propios y extraños, pero al hablar de ella, nos declaramos ignorantes en varios aspectos. Hoy veo su apariencia y representación en alguien a quien aprecio profundamente y a quien deseo salud.

Hace poco más de un año sentí el dolor por la muerte de una sobrina. Murió después de por lo menos siete años de una enfermedad que acabó gradualmente con su vida. Murió a los 24 años víctima de un cáncer hipogástrico. El sufrimiento de mi hermana, por supuesto, fue más intenso. Durante varios meses visitaron todo tipo de especialistas, pero hasta cuando el cáncer había invadido su cuerpo descubrieron el problema. Los últimos dos años fueron desgastantes para la familia, siempre permaneció la esperanza de la recuperación debido a su juventud. Pero nunca llegó.

Por otra parte en cierta ocasión observé a la muerte, pero no supe reconocerla. En esa ocasión estaba con un grupo de amigos a escasos metros de una alberca de poca profundidad donde nadaba el otro grupo de compañeros. Vi cuando uno de ellos se lanzó al agua, pero nunca observé cuando salió, porque mi atención se centró en la plática. En una dirección lineal vi parte de su cabeza flotar, asimismo, cómo se hundió de nuevo y las burbujas producidas por el aire en el agua. No fui consciente del tiempo que había transcurrido y mientras observaba a mi compañero en estas condiciones, pensé que estaría en un juego, pues era imposible que otra cosa estuviera sucediendo a sus 18 años, con una altura de por lo menos 1.80 metros, experiencia en el nado y su cuerpo inmóvil. Después de no se cuánto tuve conciencia del tiempo, me levanté del lugar y empecé a buscarlo con la mirada por toda la alberca y fuera de ella. Avisé a mis compañeros del incidente y empezamos a buscarlo, primero afuera de la alberca, pues no imaginábamos otra cosa.

Lamentablemente, después de un rato empezamos a buscar adentro, uno de nosotros toco su cuerpo con los pies. Entre todos los sacamos, le proporcionamos respiración, pero todo fue en vano: Hugo había muerto. Según el médico legista murió a causa de una irresistencia al paso del agua por sus pulmones producto de su estado inconsciente por un golpe que se dio en la cabeza en el fondo de la alberca.

En febrero de 1991 mi padre murió de un paro cardiaco. Murió mientras dormía. Un rictus de dolor se dibujó en su rostro. La relación padre-hijos fue en mi familia bastante deficiente. Mi padre por problemas de alcoholismo nos dio una vida difícil. Esta muerte no la lamenté hasta pasado el tiempo en que me di cuenta que mi padre le faltó ayuda más que rechazo.

La cercanía emocional con una persona amplifica la vulnerabilidad ante la posibilidad de una pérdida. Se convierten en una unidad o comunidad. A mi familia nos ha resultado difícil afrontar estos momentos. Un consuelo para la mayoría es la creencia de que Dios tiene la última palabra y no la muerte, porque hay vida después de ella y además es eterna.

Los análisis y planteamientos acerca de la muerte sin duda son aportaciones valiosas en una búsqueda irrefrenable de respuestas ante lo inevitable. La percepción de la misma es acorde con cada cultura o bien a aquellos que tratan de trascender lo dicho en busca de nuevas respuestas.

Mi familia es religiosa y consideran la vida de mi madre llena de virtudes, por lo tanto no pasará por el purgatorio y esas cosas. Se alejaría sin deuda alguna, cumplió con su misión: esposa y madre. Los ángeles la llevarían derecho a Él.

Han transcurrido casi treinta horas, parece que la muerte ha cedido, aunque no del todo. Según la última revisión del médico, el corazón de mi madre ya no puede funcionar bien. Es como el motor averiado de un vehículo, aunque le ponga un aditivo marchará solo por unos días forzadamente o bien no lo hará, compara toscamente. No hace mucho tiempo un médico homeópata hizo una comparación más sutil, diría: aunque riegues una planta a diario no florecerá cuando ya ha cumplido su ciclo de vida.

Mi mamá lucha por la vida con la muerte. No cede y eso se ve cuando experimenta una ligera recuperación en el intervalo de las horas críticas. Esta ocasión es una de varios encuentros en esta arena a la que nadie desea arribar. Es posible que ella en su inconsciente nos escuche y ello la fortalece para continuar la lucha. Es evidente que aún quiere permanecer entre nosotros a pesar de haber externado en varias ocasiones sentirse cansada de enfrentar lo agobiante de la enfermedad. Parece pedir tiempo para la oportunidad de la despedida.

Está aquí rodeada de aparatos. Fue trasladada de una clínica particular donde permaneció tres días a un hospital público. Vaya coincidencia, ironía de la vida, está justamente en el cuarto y la cama donde estuvo mi sobrina hace poco más de un año. Mi hermana después de un largo contenerse, rompió en llanto mientras me revelaba este extraño suceso. Como si hubiera sucedido ayer, puedo verla ahí sentada. Movía toda la cama en cada latido del corazón, refirió. Fue algo bastante conmovedor verla llorar sin encontrar las palabras justas para aminorar su angustia.

Marina, nombre de mi mamá, no falleció ese mes de noviembre. En diciembre celebramos las fiestas en su compañía, recuerdo con exactitud su disponibilidad para prepararme un atole de harina tostada para aliviar las molestias de los excesos de la noche del 24, mientras me aconsejaba mesura para la siguiente ocasión. Tuvimos sin saberlo la oportunidad de la despedida. 

Falleció un 19 de marzo. La sensación producida al tocar su cuerpo endurecido, fue una experiencia que jamás olvidaré. No recordé hasta ese momento las referencias sobre la forma que presentaba un cuerpo sin vida. Recordé la flacidez del cuerpo de Hugo cuando lo sacamos de la alberca. Muerto, pero aún conservaba algo de vida mostrado en la textura de su piel.

Tomé las manos de mi madre con las mías, la abracé, acaricie, tratando de extraer algo de ella, quedarme con algo, experimentar el calor que me otorgaba cuando era niña, cuando la necesité, en los momentos de enfermedad de ambas, cuando con una mirada me comunicaba que sabía aquello que no quería compartirle, pero no importaba, ella comprendía. No había nada en su cuerpo. La vida se había ido y la muerte estaba en ella. Mis lagrimas humedecieron sus manos y con ellas el deseo ferviente que existiera la vida después de la muerte para que ella tuviera la oportunidad de la felicidad de la vida eterna.





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