El fuego quema sin tocarme

Por: Martha Estela Torres Torres
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Letras Españolas
Publicado: 2011-03-07 11:04:00

Un zarpazo de llamas me despierta. Siento olas de fuego que abrasan mi cuerpo cuando me incorporo con dificultad. El sudor empapa mi ropa y solo alcanzo a distinguir objetos, destellos de intensa luz, círculos de diferentes dimensiones que se reproducen constantemente. El vértigo empieza a dominarme por completo ya no puedo sostenerme en pie.

Voy apoyándome en los muebles para llegar al baño. Siento que las luces se incrementan, intermitentes y exageradas, los foquitos multicolores del árbol parecen como si fueran ojos de sapos que me miran rabiosamente; el verde hiere mis pupilas, el amarillo es relámpago que me obliga a cerrar los párpados, el rojo es un intenso fuego que me quema sin tocarme. Las distintas figuras de adorno adquieren una deformidad monstruosa. Los siervos y los camellos de felpa son seres extraños de otro planeta. Los caballos y las ovejas son animales mutilados y apocalípticos. Santa Claus, con rostro iracundo, es un golem desfigurado y ridículo que se acerca sonriente para atacarme. Las esferas giran y giran en una espiral infinita donde se va alojando la incredulidad y la desconfianza. Los ángeles encantados se volatizan de pronto dejando una estela raída de espuma. Nada detiene mi caída, caigo de un solo golpe. El suelo es mi único soporte, se mueve de un lado a otro, se agranda y se reduce reproduciendo imágenes que cambian de color y de forma.


¿Qué me pasa? Mi pulso acelerado, mi mente atormentada, confusa. ¡Estoy mal! El clima se torna intolerablemente frío y la humedad filtra mis huesos, pero contradictoriamente siento después un calor intenso que me sofoca. Mi cabeza da vueltas, el contorno de las cosas se pierde entre la nebulosidad que habito. El mareo me ocasiona una terrible náusea y solo puedo sostenerme haciendo un gran esfuerzo. Estoy frente al retrete asida a él como si fuera el único recurso para afianzar mi condición humana. Mis sienes palpitan con vigor, siento que la cabeza me explota y que mis ojos sobresalen de sus órbitas intentando salvarse de esta fiebre convulsa.


Me pierdo en un extraño laberinto. Me desprendo fácilmente de los cuadros, de los muebles, de las canastillas y de los adornos de terciopelo y de todo lo que se encuentran al rededor. Nada detiene mi desconcierto, sucumbo en un sopor inclemente donde no comprendo lo que sucede. Empiezo a imaginar sombras, figuras más claras que parecen siluetas femeninas ¿o seres qué invaden mi territorio? También escucho voces más allá de mi conciencia. Son conversaciones ajenas… extrañas, pedazos de voz y sonidos indescifrables e incongruentes, pero reconozco que son producto de mi mente confundida por la enfermedad y el encierro.


Las figuraciones pierden vigor, han sido apariciones, producto de un mal sueño, ¡sí, pesadillas! Una imaginación débil, enfermiza o tal vez… Siento mayor debilidad y el sofocamiento anula los últimos intentos que hago por sobreponerme. No tengo noción del tiempo, no sé cuánto ha transcurrido desde que empecé a ver estrellas moribundas por todas partes. ¡Estrellas muertas!


Por instantes creo recuperarme, apenas puedo abrir los ojos y con gran dificultad percibo entre los destellos de las esferas radiantes, la mano de mi esposo que gentil me tiende un vaso con agua y vuelve a darme el medicamento. Su mano es cálida y fuerte. Rigurosamente musculosa y… La detengo entre mis manos por unos momentos, pero escapa, ágil huye ligera y sobria. “No te vayas” murmuro con el simple eco de mi respiración, detengo entre mis labios las palabras delgaditas y sin fuerza que finalmente se pierden… no se escuchan… no existen.


Respiro hondo, más profundo, halando una y otra vez el aire, tratando de controlar el mundo: mi cuerpo, cuando la náusea se incrementa y empiezo a vomitar de nuevo. Vomito el recuerdo, la patética duda que rompe mi memoria. Quedo exhausta, ahora no tengo fuerzas ni siquiera para mover los ojos. El dolor de cabeza me hace temblar, estoy entumida por la frialdad del piso, y ajena me pierdo sin tiempo en un vacío interminable, me deslizo en un pozo ciego donde la oscuridad se hace más espesa. Sin embargo no suelto la vida, me adhiero esperanzada a la última partícula de realidad. ¡Tengo que recuperarme ¡ ¡Tengo que estar bien! A lo lejos, vuelvo a escuchar voces, murmullos secos que no logro identificar. Mi percepción se agudiza, fijo la vista tratando de distinguir las sombras de la otra habitación. ¿Figuraciones de nuevo? ¿Otra vez las mismas imágenes? Es mi mente confusa que inventa sombras, figuras, seres extraños…


Ya puedo ver mejor entre la penumbra. Me estoy recuperando un poco, me incorporo sorprendida y llena de espanto descubro que mi esposo la besa y la acaricia. ¡Es ella! Mis manos caen, ceden de nuevo ante la oscuridad. Expulso toda la rabia que me sofoca. ¡Es ella!





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