Los límites de la coexistencia

Por: Alexandra Cárdenas Rodríguez
fm
Medicina
Publicado: 2011-03-07 11:04:00


Estaban atrapados, incautos en la estrecha red de la magnitud del tiempo, pagando cadena perpetua tras la reja de sus pieles, sin oportunidad de desintegrarse y disolverse el uno en el otro, se les había negado alcanzar la perfección por la simple coincidencia de haber nacido humanos.


Se buscaban a tientas en la cama, envueltos en la obscuridad les invadió una ligera sensación de libertad, esa ausencia de luz era una puerta abierta de posibilidades, les permitía reinventar las formas de sus cuerpos, creer que eran uno mismo, recrearse de una forma diferente, mas homogénea y dejarse fluir como un solo río sobre el inmenso mar de tela que formaban las sábanas.


Así, él la apretaba fuertemente contra sí, y deslizaba sus manos con rudeza por su cuerpo, como queriendo dejar un poco de su piel en aquellas curvas; a ella le resultaba casi agobiante la totalidad del espacio que ocupaba el otro cuerpo sobre ella, sin embargo, la asfixia era placentera, sentía la dicha de entregarse a la pesadez y abandonar, aunque fuera por unos minutos, la ligera carga de una existencia sin rumbo definido. Como si el cuerpo de él se convirtiera en la medida exacta del peso que ella quería cargar sobre su vida, como si el movimiento de sus caderas, en complicidad con las del otro revelara el ritmo de la melodía con la que fue creado el universo.


Y sin otra opción, se dedicaron a rehacer el amor frente a la ventana abierta, en un tipo de ofrenda pagana a la luna, una provocación contra las constelaciones, reclamándoles la lentitud de su existencia mediante la recreación del fuego efímero sobre la cama. Contrastaban el silencio angustioso de la noche con los susurros intempestuosos que se lanzaban el uno al otro, intentando cubrir con palabras la desnudez de su estado. Y la brevedad de la culminación del placer era un insulto abierto contra la prolongación del tiempo en el espacio.


Pero al terminar, justo en el momento en que ella se desplomaba como una estrella fugaz sobre su pecho, colisionando en mil pedazos retomaron su existencia separada, reestructuraron sus moldes y volvieron a ser dos con un abismo de por medio, el lecho se les hizo inmenso y los papeles se invirtieron. Ahora parecía una injusticia que se les obligase a habitar el mismo trozo de tiempo a esos dos seres que necesitaban tanto espacio para la simple tarea de existir. Entonces el universo se ablandó y se confinó a los límites del marco de la ventana, y ellos se expandieron tan intensamente que se alejaron el uno del otro, viajando a la velocidad de la luz en direcciones opuestas al mismo tiempo que se abrazaban agotados, y en un parpadeo, las fuerzas de rechazo y acercamiento alcanzaron el perfecto equilibrio en un beso.


Y volvieron a encontrarse.





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