Rondalla

Por: Martha Estela Torres Torres
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Letras Españolas
Publicado: 2011-03-07 11:04:00

Inés se quedó dormida con el libro entre sus manos, un pétalo marchito cayó de las páginas cuando ella acomodó su sueño. Entonces se volvió niña y regresó a su gloriosa infancia. Comenzó a caminar entre las letras verdes y frondosas que crecían a su paso, llegó a la vereda de interrogantes donde las ardillas se escondían entre los signos azules de admiración. “¿Será ella  –se preguntaban las estrellas– la que cada noche nos llama con sus lágrimas y busca en el viento el don de la poesía?”   


Inés dobló la senda y se dirigió al arroyo del olvido que reflejaba las nubes del atardecer, se descalzó, sintió la frescura sumergiéndose en la orilla, y empezó a bailar sobre la arena, las puntas de sus pies jugaban con el agua salpicando su vestido de holanes. Abrió sus brazos mirando directo al sol, el cual abrasó sus pupilas y recorrió su cuerpo empecinado en dorarle la piel."Es ella –aseguró el sol–, la que me escribe versos a media noche y cuando todos duermen, vela buscando palabras, hurgando entre las hojas del bosque para acomodar mejor mi nombre en la línea central de la imaginación"  Inés sigue feliz en el arroyo, sus manos van detrás de las mariposas que mueven la fragilidad tornasol de su alas, cuando de pronto contempla entre las jarillas mayúsculas una metáfora sin luz que con dificultad intenta volar y mueve inútilmente sus alas azotadas por la lluvia.  Inés la toma entre sus manos, le quita el barro y los acentos equivocados que se adhieren a sus plumas, le da agua en una vocal cóncava que está bien acentuada y cuando la metáfora recupera su color la pone debajo del título, lugar seguro con espléndida sombra.  Después se encamina  a las montañas, con dificultad asciende entre la estructura rocosa, le parece difícil acomodar las palabras sin perder la idea central, a veces tropieza con las terminaciones repetidas, de pronto se da cuenta que el queísmo la persigue constantemente y cuando el ascenso se complica más, un hipérbaton le cierra el paso, cruzándose de tal manera que no permite que Inés continúe con la tarea impuesta de alcanzar la cima; al fin con gran habilidad logra esquivarlo y subir la empecinada roca para escribir poemas a la voluptuosidad de la naturaleza, al roble entristecido de la tarde, al ondular dorado de los trigales, a los pétalos de la luna, a la lluvia furtiva del atardecer y a la rondalla nocturna de grillos. Inés sigue dormida con el libro entre sus brazos.






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