Arboles en la memoria

Por: Martha Estela Torres Torres
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Letras Españolas
Publicado: 2011-03-09 13:18:04

A mi hermano Jesús quien es testigo del trabajo agrícola 



Sí, señor, yo sembré muchos árboles de manzana; mire, usté, los regué durante mucho tiempo con unas pequeñas mangueritas hasta que dieron sus primeros brotes, los cuidé día y noche durante muchos años. Empezaron a crecer y los aboné cien veces por más de diez años y los protegí de las plagas y de los animales que entraban al sembradío. Mis manzanos crecieron pronto, si usted los hubiera visto… Crecieron fuertes, hermosos y florecieron antes de la primavera. Dieron unas manzanas inmensas; miré usté, del tamaño de mi mano: jugosas, doradas, lindas como los frutos del árbol de la vida. Me puse a cortarlas, una a una, como si fueran mi mayor tesoro. Después del primer corte me fui muy contento a vender mi cosecha, y fue cuando me dijeron que el kilo costaba $5.00, “¿pero cómo? ¿Cómo es posible este precio?, si mi inversión ha sido de miles y miles y he tenido que esperar años para verlos producir”; expliqué esto, varias veces a los intermediarios, pero ninguno le dio importancia: “Ustedes revenden el producto a altos precios y ni siquiera invierten un quinto.” Me cansé de decirles, pero ellos no entienden ni el conocimiento, ni la paciencia, ni la dedicación, ni los gastos.



Lo bueno fue que mi compadre me aviso que en la central de abastos, varios trailers americanos estaban comprando la manzana a mejor precio, así que al día siguiente llegué temprano; los encargados inmediatamente me ordenaron: “Fórmese, fórmese hasta atrás” Ahí estuve espere y espere sin separarme ni un minuto del lugar, cuidando mi dulce mercancía. Pasó una hora, dos horas, tres horas, cuatro, cinco, hasta quebrar el día; después llegó la tarde que nos pareció eterna y hasta al anochecer nos avisaron: “Mañana, señores, mañana vuelvan temprano, como a las cinco y entonces veremos; veremos si nos gusta su producto”.

 Me regresé muerto de hambre y de frío cuando el viento soplaba con mayor fuerza. Esa noche no dormí. Me la pasé dando vueltas y vueltas por la casa; cargando los árboles en la memoria durante horas y horas hasta que desesperado creí ver el amanecer; me asomé entonces a la ventana y descubrí un cielo luminosamente blanco aunque todavía no aparecía ningún rayo de sol. Durante esa noche, siniestra y silenciosa, cayó una gran helada. Temprano llegué a la huerta y encontré tiradas las manzanas, congeladas bajo los árboles. Parecían manzanas malditas. Castigo del cielo o venganza de algún enemigo maligno.

 Me quedé allí toda la mañana sin hablar y sin moverme, contemplando las manzanas moribundas en su brillantez a pesar de que el sol las calentaba intentando darles vida.

Más tarde regresé a mi casa y sin decir palabra me tiré en un sillón y duré horas mirando fijamente el techo. Esa noche no dormí, la siguiente no dormí, la otra tampoco dormí, porque los árboles se enraizaban y se fortalecían en mi memoria.

 La siguiente noche tampoco logré dormí, porque los árboles seguían en mi cabeza y fue entonces cuando mi esposa me advirtió “Si no duermes te vas a volver loco” y esa misma noche no dormí y la otra no dormí y la siguiente tampoco dormí. El nuevo amanecer me encontró tirado en el sillón con los ojos abiertos; ella preocupada me volvió a decir con voz delgadita y sin fuerza: “Si no duermes te vas a volver loco”.

 Horas más tarde, cuando la oscuridad extendió sus alas,  una idea me brotó de pronto; me levanté y salí sin atender las preguntas de mi mujer ni la voz de mi pequeño; Fui al granero a sacar el trascabo y directo hacia el sembradío, rompiendo en mi ansiedad, las puertas de alambre. Empecé a cortar las primeras filas de árboles jóvenes y vigorosos; seguí cortando las hileras alumbradas por los reflejos ocasionales de la luna; tumbé las hileras de árboles más grandes y también los retoños prodigiosos, mientras la noche crecía y crecía haciéndose más penetrante con el frío que apretaba y calaba más y más, y se metía con lujuria entre mi ropa, hiriéndome con sus garras afiladas y puntiagudas.

 Aguanté como un loco la impiedad del frío; toleré la noche con su amargura; soporte el silencio a las horas más crueles de la madrugada; vencí la neblina, resistí la quemadura de la terquedad. Únicamente me importaba seguir cortando y cortando furioso y embravecido, hasta los árboles más encallecidos en la dureza de la tierra; saqué con furia sus raíces congeladas y moribundas, acorralado por una extraña sensación de dominio. Conduje la máquina entre los grandes surcos, avanzando en mi camino de destrucción y muerte. Nada me detenía, ni las ráfagas cortantes del frío, ni la lluvia que pronosticar la muerte, ni los látigos del viento que azotaban con furia la curvatura de mi espalda. Indomable, completé el corte de seiscientos árboles entre la espesura siniestra que me rodeaba, reprobando con su silencio mi terrible hazaña.

Cuando las rutas del amanecer se abrieron quedé tirado en el suelo entumido y desfallecido como mis manzanas doradas y muertas.








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